Junta segunda celebrada en Zubieta en la mañana
del día 9 de Septiembre de 1813.
ACTA SEGUNDA
En la Comunidad de Zubieta y casa solar de Aizpúrua, á las nueve
y media de la mañana de hoy, nueve de Septiembre de mil ochocientos trece, en consecuencia de la convocatoria y citacion de ayer, se
juntaron los Sres. D. Miguel Antonio de Bengoechea y D. Manuel de
Gogorza, Alcaldes y Jueces ordinarios, D. José Santiago de Claessens,D. José Maria de Eceiza y D. Joaquin Bernardo de Armendariz, Regidores y Sindico ; D. Joaquin Antonio de Aramburu, Prior del Ilustre
Cabildo Eclesiástico ; D. Joaquin Santiago de Larreandi y D. Joaquin
Pio de Armendariz, Presbíteros Beneficiados, D. Joaquin Luis de
Bermingham, D. Bartolomé de Olózaga, Prior y Consul del Ilustre
consulado ; D. José Maria de Soroa y Soroa, D. Evaristo de Echagüe,
D. Sebastian Ignacio de Alzate, D. José Ignacio de Sagasti, D. Francisco Antonio de Barandiarán, D. Rafael de Bengoechea, D. Manuel
de Riera y D. Domingo Galardi, vecinos de la Ciudad de San Sebastian, y por testimonio de mí el infraescrito Escribano público de nú-
mero de dicha Ciudad, en ausencia del Secretario de la misma, que
salió esta madrugada á evacuar la comision que le dió ayer este Congreso, acordaron y resolvieron lo siguiente:
(Ac.º) Se prosiguió en la extension de la Memoria ó circunstanciada relacion de las atrocidades cometidas por las tropas aliadas al
tiempo y despues del asalto de la Plaza, y al concluirla llegó el Propio
que se envió ayer á la Diputacion Provincial, con la respuesta en la
que elogia el patriotismo de los que se reunieron en esta Junta, compadece y se lamenta con las más vivas expresiones de la catástrofe ocurrida, asegurando que coadyuvará por su parte con todos los medios
imaginables al alivio del vecindario y repoblacion de San Sebastian, y
por quanto desea informarse extensamente de todas las circunstancias
de la desgracia, y meditar y aprobar, segun las ideas de este Congreso, las medidas más eficaces para los fines arriba expresados, pide
se envien dos ó más individuos a tratar con la misma Diputacion sobre el competente remedio, con las instrucciones que les quiera dar
esta Junta, y por último, concluye dando facultades á la misma para
que nombre nuevo Ayuntamiento ó rehabilite al actual, con la condicion de que ha de ser interino este nombramiento, hasta que se pueda
proceder al del Ayuntamiento constitucional, previa publicacion y
juramento de la Constitucion, cuyos actos deberan practicarse quando determine este mismo Congreso ó el Ayuntamiento interino que
se nombre, el que ha de convocar á todo el vecindario para estos
actos.
En vista de esta respuesta de la Diputacion se acordó que por ser
ya medio dia se suspenda el nombramiento del Ayuntamiento y el
acordar lo demás que convenga, hasta esta tarde á las tres, á cuya
hora se reunirán los individuos del Congreso que permanezcan en estaComunidad, y serán tambien invitados los vecinos de la misma como
parte integrante de la Ciudad, cuyos vecinos son.
Y con tanto se concluyó esta Acta de que dando fe, firmo yo el
Escribano. — Ante mí, JOSÉ ELIAS DE LEGARDA.
martes, 17 de septiembre de 2013
ACTAS DE ZUBIETA - ACTA SEGUNDA
ACTAS DE ZUBIETA - ACTA PRIMERA
Primera Junta celebrada en Zubieta, después de tomada, saqueada é incendiada la Ciudad por los ingleses y portugueses, y estando aún ardiendo sus edificios.
ACTA PRIMERA
En la Comunidad de Zubieta y su casa solar de Aizpúrua, jurisdiccion de la M. N. y M. L. Ciudad de San Sebastian, á ocho de Septiembre de mil ochocientos trece, se juntaron y congregaron, previo
mutuo aviso y acuerdo, viniendo, desde Pasajes, Orio, Usúrbil é Igueldo, donde se hallan provisionalmente con sus familias, los señores
D. Miguel Antonio de Bengoechea y D. Manuel Gogorza, Alcaldes y
Jueces ordinarios; D. José Santiago de Claessens, D. José Maria de
Eceiza y D. Joaquin Bernardo de Armendariz, Regidores y Síndico
del Ayuntamiento de la misma Ciudad, y D. Joaquin Antonio de
Aramburu, Prior del Ilustre Cabildo Eclesiástico; D. Joaquin Santiago de Larreandi y D. Joaquin Pio de Armendariz, Presbíteros Beneficiados ; D Joaquin Luis de Bermingham, D. Bartolome de Olózaga,
Prior y Cónsul del Ilustre Consulado ; D. José Maria de Soroa y Soroa, D. Evaristo de Echagüe, D. José Elias de Legarda, D. José Ignacio de Sagasti, D. Sebastian Ignacio de Alzate, D. Francisco Antonio
de Barandiaran, D. Rafael de Bengoechea, D. Manuel de Riera y don
Domingo de Galardi, todos vecinos de dicha Ciudad, á una conmigo
el infraescrito Secretario de Ayuntamientos de la misma, no habiendo
asistido otros muchos por no habérseles pasado aviso á causa de ignorarse su paradero por la total dispersion del vecindario; y despues de
un gran rato de triste y profundo silencio, interrumpido por los sollozos y lágrimas excitadas al verse reunidos los señores concurrentes,pálidos, macilentos, traspasados de dolor y desarropados los más, hablaron alternativamente los dos señores Alcaldes, aplaudiendo el celo
patriótico que manifestaban todos estos señores con haberse reunido
aquí, abandonando sus familias y olvidando sus particulares desgracias,
á tratar del partido que habia de tomarse en estas tristes circunstancias á favor de todo el vecindario, y agradeciendo los parabienes que
con lágrimas y con la efusión más sincera de sus corazones les dieron
los que no habían estado dentro de la Plaza durante el sitio, por haber
salido con vida dichos dos señores Alcaldes, Síndico y Presbítero Beneficiado D. Joaquín Santiago de Larreandi (ac.º 1.º), pidieron que se
ocupase desde luego el Congreso acerca de los medios que debian
adoptarse para reunir al vecindario y tratar de reparar sus pérdidas, si
es que podian repararse tantas muertes, heridas, violaciones de mujeres de todas edades, saqueo total de quanto encerraban las casas, tiendas y almacenes, y por último, el incendio general de toda la Ciudad,
que aun en este dia y en este momento mismo continúa, desde el
anochecer del treinta y uno de Agosto en que principió; siendo lo
más sensible y doloroso que todas estas muertes, heridas, violaciones,
saqueo total é incendio, hayan sido causados por las tropas que tomaron por asalto la Plaza; y por los ingleses y portugueses, nuestros
aliados, que habiendo sido recibidos, quando ganaron la brecha, por
los habitantes de la Ciudad, con vivas y aclamaciones, correspondieron bárbaramente con fusilazos, y se entregaron en seguida, la noche
del treinta y uno, y en todo el dia siguiente, á los mayores desórdenes y horrores, de modo que todo el vecindario tuvo que huir y salir
del pueblo el primero y dos del corriente, despavorido y medio desnudo ; y aun los dos señores Alcaldes hubieron de hacer lo mismo
por salvar sus vidas, viendo que quantos esfuerzos hicieron con los
ingleses y portugueses para contener las muertes, violaciones, pillaje y
fuego de las casas, eran inútiles é infructuosos.
El Congreso, sin embargo de hallarse atónito, asombrado y fuera
de sí con la horrorosa catástrofe que ha presenciado, y con la vista de
la desnudez y figura cadavérica en que han salido quantos se hallaban
dentro de la Plaza, por el atroz y bárbaro trato de los ingleses y portugueses; y a pesar de la miseria en que se hallan todos los que lo
componen, por haber perdido quantos bienes poseian, á resulta del
saqueo y subsiguiente incendio, olvidando en este momento sus particulares infortunios, recordó que en diversas anteriores épocas se ha abrasado la Ciudad de San Sebastian enteramente por incendios, aunque casuales, y que no obstante, por la constancia y amor de los habitantes á su nativo suelo, ha vuelto á repoblarse hasta el punto de
opulencia y esplendor que la hicieron célebre y famosa en ambos
hemisferios, utilísima al Estado y muy amada de los Reyes por sus
distinguidos servicios. Convino en que, imitando la magnanimidad de
sus antepasados, sin abatirse por la espantosa calamidad presente, se
debian poner todos los medios imaginables para la más pronta repoblacion de la Ciudad ; y considerando que el medio más eficaz de que
no se disperse y emigre á otras Provincias la parte del vecindario que
se ha salvado de la furia de los anglolusitanos, de conservar siquiera
los Templos y algunas casas, atraer los habitantes, reedificar la Ciudad
y conseguir del Gobierno algunos auxilios, es la creacion de un Ayuntamiento que reuna la voz, representacion y derechos de todos los vecinos y lleve el nombre de la Ciudad de San Sebastian para que suene
su existencia política, ya que ha desaparecido la física por su quema
total, resolvió, de comun conformidad, y ante todas cosas, escribir con
Propio á la Diputacion Provincial, que reside en Tolosa, la carta
siguiente, firmada por todos los que componen el Congreso :
«Habiéndonos congregado en esta Comunidad de Zubieta, juris-
»diccion de la Ciudad de San Sebastian, los infraescritos Alcaides, Re-
»gidores, Secretario del Ayuntamiento de la misma Ciudad, los de-
»más vecinos notables, Prior y Beneficiados del Cabildo Eclesiástico,
»no habiendo vuelto aún del asombro que nos ha causado la destruc-
»cion total de nuestra Patria, y sus atroces circunstancias, consideran-
»do que el punto principal que debe llamar nuestra atencion es que el
»pueblo no se disperse y que conserve su representacion y Ayunta-
»miento, recurrimos á la proteccion de V. S., para que se sirva rehabi-
»litar á los individuos del Ayuntamiento último para exercer interina-
»mente sus funciones, y convocar desde luego á los vecinos que
»pueden ser habidos, para publicar y jurar la Constitucion, y nombrar
»un Ayuntamiento constitucional.
»Los firmantes esperan de V. S. sin perder momento esta rehabili-
»tacion, y que nos descubra sus intenciones y dé sus luces á fin de
»reparar tan grandes desgracias y lograr la repoblacion de nuestra des-
»graciada Patria.
»Zubieta, jurisdiccion de la Ciudad de San Sebastian, ocho de
»Septiembre de mil ochocientos y trece.»
(Ac.º 2.º) Después de escrita, firmada y despachada la precedente
carta, se volvió á conferir sobre las atroces circunstancias con que hasido tomada la Plaza por los sitiadores, tratando á los habitantes de
una Ciudad tan patriótica, fiel y adicta á la gloriosa causa de la Nacion, mucho peor que si fuera enemiga ; mas todos los individuos del
Congreso sofocaron sus sentimientos particulares, conociendo importaba mucho conservar la reputacion de los aliados en un tiempo en
que iban á entrar en el territorio enemigo, y que perjudicaria á la causa
de la Nacion publicar en estas circunstancias su atroz y bárbara conducta. Sacrificando, pues, todo el Congreso unánimemente en favor
del bien general toda reclamacion sentida, fixó su atencion y esperanzas en el invencible Lord Duque de Ciudad Rodrigo, para quien se
dispuso y aprobó con entusiasmo la representacion siguiente, que
se encargó á los Sres. D. José Ignacio de Sagasti, D. José Maria de
Soroa y Soroa y D. Joaquin Luis de Bermingham la pusiesen en limpio y dirigiesen al Lord Duque, firmándola los tres en nombre de la
Junta:
«Excmo Sr. : El Ayuntamiento de la Ciudad de San Sebastian y
»una gran parte de sus principales vecinos, se hallan reunidos en el
»Barrio de Zubieta, jurisdiccion de la misma Ciudad, con el objeto de
»acudir á cuantos medios pueda sugerir la imaginacion para el alivio
»de los desgraciados habitantes de ella.
»Por un movimiento espontáneo y unánime se ha fixado la vista
»de los miembros de esta Junta en el Héroe de la Nacion, en el res-
»taurador de la independencia de España, en V. E., en fin, cuyas vir-
»tudes privadas dan tanto realce á su gloria militar. Nuestra confianza
»en la grandeza del alma de V. E. es ilimitada, y nuestro espíritu,
»aunque abatido, no nos conducirá á la desesperacion, si V. E. se
»digna protegernos con la generosidad propia de su carácter.
»El Congreso omitirá la relacion detallada de los tristes aconteci-
»mientos de San Sebastian, desde el treinta y uno de Agosto hasta el
»dia de hoy, por no renovar el intenso dolor que han debido causar
»en un corazon tan sensible como el de V. E., y se limitará á la men-
»cion en grande de una espantosa catástrofe.
»San Sebastian, Sr. Excmo., ha padecido un saqueo horrible con
»los demás excesos anexos á él, y un incendio de cerca de seiscientas
»casas, en el cual han consumido las llamas el valor de más de no-
»venta millones de reales. Este funesto accidente ha causado la ruina
»de más de mil y quinientas familias, y ha reducido las siete octavas
»partes á la desnudez absoluta y á la mendicidad, en un Pais, cuyos
»habitantes carecen de lo más preciso aun para su propia subsistencia,
»a resulta de haber sido ocupado por el enemigo durante cinco años.
»En medio de este caos de calamidades no se ha notado el menor»síntoma de tibieza en el constante patriotismo que ha
»manifestado desde el año de mil ochocientos y ocho esta infeliz
»Ciudad. Si nuevos sacrificios fuesen posibles y necesarios, no
»se vacilaria un momento en resignarse á ellos. Finalmente, si
»la combinacion de las operaciones militares, ó la seguridad
»del territorio español exigiesen que renunciásemos por algun
»tiempo ó para siempre á la dulce esperanza de ver reedificada
»y restablecida n uestra Ciudad, nuestra conformidad seria
unánime, mayormente si, como es justo, nuestras pérdidas fuesen
»soportadas á prorata entre todos nuestros compatriotas de la
»Península y Ultramar.
»Moscow fué incendiado, y experimentó grandes pérdidas. La
»Europa entera conoce los felices efectos que produjo á la Rusia y á
»sus aliados esta enérgica resolucion ; pero las pérdidas de Moscow
»han sido indemnizadas por todo el imperio Ruso, y por la
»generosa nacion Británica. Y la infeliz Ciudad de San Sebastian,
»esta benemérita Ciudad, ¿será abandonada á su desgraciada
»suerte? No : San Sebastian no reclama en vano la proteccion del
»inmortal Duque de Ciudad-Rodrigo : los justos clamores de los
»habitantes de esta Ciudad serán trasmitidos por el Órgano de V.
»E. á nuestra Regencia, al Ministerio Británico, y á los corazones
»piadosos de esta ilustre Nacion ; y San Sebastian renacerá.
»Séanos permitido este feliz presagio inspirado por el alto
»concepto que tiene formado el Orbe de las bellas cualidades
»que adornan á V. E., y permítasenos tambien el reiterarle la triste
»situacion de mil y quinientas familias pobres de San Sebastian que
»andan errantes sin asilo y sin pan. Somos con la más alta
»consideracion de V. E. Muy rendidos servidores.—Zubieta ocho de
»Septiembre de mil ochocientos y trece.»
(Ac.º 3.º) Concluida la lectura de la Representacion
precedente, se ocupó la Junta en formar una Memoria de
todo lo ocurrido al tiempo del asalto, y despues que se apoderaron
de la Plaza los aliados, con lo que informaron extensamense los dos
señores Alcaldes, Síndico, Presbítero Beneficiado D. Joaquin
Santiago de Larreandi y otros va- rios vecinos que estaban dentro
de la Plaza, y hallándose extendiendo dicha Memoria, llegó aviso de
que se habia rendido esta mañana por capitulacion el Castillo de
la Mota, al que se retiraron los franceses el mismo dia del asalto, y
para cuya expugnacion no habia permitido el fuego que abrasaba
al Pueblo, tomar antes disposiciones activas. La Junta, en vista
de esta noticia, se apresuró á felicitar al General inglés, comandante
de las tropas aliadas, que ocupan la Plaza de San Sebas- tian, con
un oficio que resolvió lo llevase, y entregase yo el Secreta-rio, acompañado de uno de los Alguaciles de la Ciudad, que tambien se presentaron, y dicho oficio se extendió en los términos
siguientes :
«El Magistrado de esa Ciudad de San Sebastian, que se halla reu-
»nido en este Pueblo de su jurisdiccion, acaba de saber con la mayor
»satisfaccion que el Castillo de la Mota se ha rendido. Cree de su de-
»ber felicitar á V. E. por este acontecimiento en que interesa la causa
»comun, al mismo tiempo que su obligacion le impele á preguntar
»á V. E. si podrá trasladarse y tomar con libertad sus funciones en fa-
»vor de la causa de la Nacion y de los habitantes.
»A este fin se dirige á V. E, de cuya atencion espera se sirva ex-
»presarle si podrá disponer de los edificios, tanto de los que existan
»como de los derruidos, y tomar, en cumplimiento de sus deberes,
»las providencias que tenga por convenientes al mayor bien de los
»habitantes, sirviéndose V. E. expresarle el apoyo y auxilio que le
»dispensará de su parte. Renueva á V. E. su respeto, y ruega á Dios
»guarde á V. E. muchos años. — Zubieta ocho de Septiembre de mil
»ochocientos trece. — Al Excmo. Sr. General Comandante de las tro-
»pas aliadas en San Sebastian. »
Con tanto se disolvió por hoy esta Junta, quedando convocados
todos los señores concurrentes á esta misma casa de Aizpúrua, por
hallarse ocupada la Consistorial, para mañana á las nueve; y por mandado de la misma Junta firmé esta Acta, yo, el Secretario. — Ante
mi, JPH. JOAQUIN DE ARIZMENDI.
ACTA PRIMERA
En la Comunidad de Zubieta y su casa solar de Aizpúrua, jurisdiccion de la M. N. y M. L. Ciudad de San Sebastian, á ocho de Septiembre de mil ochocientos trece, se juntaron y congregaron, previo
mutuo aviso y acuerdo, viniendo, desde Pasajes, Orio, Usúrbil é Igueldo, donde se hallan provisionalmente con sus familias, los señores
D. Miguel Antonio de Bengoechea y D. Manuel Gogorza, Alcaldes y
Jueces ordinarios; D. José Santiago de Claessens, D. José Maria de
Eceiza y D. Joaquin Bernardo de Armendariz, Regidores y Síndico
del Ayuntamiento de la misma Ciudad, y D. Joaquin Antonio de
Aramburu, Prior del Ilustre Cabildo Eclesiástico; D. Joaquin Santiago de Larreandi y D. Joaquin Pio de Armendariz, Presbíteros Beneficiados ; D Joaquin Luis de Bermingham, D. Bartolome de Olózaga,
Prior y Cónsul del Ilustre Consulado ; D. José Maria de Soroa y Soroa, D. Evaristo de Echagüe, D. José Elias de Legarda, D. José Ignacio de Sagasti, D. Sebastian Ignacio de Alzate, D. Francisco Antonio
de Barandiaran, D. Rafael de Bengoechea, D. Manuel de Riera y don
Domingo de Galardi, todos vecinos de dicha Ciudad, á una conmigo
el infraescrito Secretario de Ayuntamientos de la misma, no habiendo
asistido otros muchos por no habérseles pasado aviso á causa de ignorarse su paradero por la total dispersion del vecindario; y despues de
un gran rato de triste y profundo silencio, interrumpido por los sollozos y lágrimas excitadas al verse reunidos los señores concurrentes,pálidos, macilentos, traspasados de dolor y desarropados los más, hablaron alternativamente los dos señores Alcaldes, aplaudiendo el celo
patriótico que manifestaban todos estos señores con haberse reunido
aquí, abandonando sus familias y olvidando sus particulares desgracias,
á tratar del partido que habia de tomarse en estas tristes circunstancias á favor de todo el vecindario, y agradeciendo los parabienes que
con lágrimas y con la efusión más sincera de sus corazones les dieron
los que no habían estado dentro de la Plaza durante el sitio, por haber
salido con vida dichos dos señores Alcaldes, Síndico y Presbítero Beneficiado D. Joaquín Santiago de Larreandi (ac.º 1.º), pidieron que se
ocupase desde luego el Congreso acerca de los medios que debian
adoptarse para reunir al vecindario y tratar de reparar sus pérdidas, si
es que podian repararse tantas muertes, heridas, violaciones de mujeres de todas edades, saqueo total de quanto encerraban las casas, tiendas y almacenes, y por último, el incendio general de toda la Ciudad,
que aun en este dia y en este momento mismo continúa, desde el
anochecer del treinta y uno de Agosto en que principió; siendo lo
más sensible y doloroso que todas estas muertes, heridas, violaciones,
saqueo total é incendio, hayan sido causados por las tropas que tomaron por asalto la Plaza; y por los ingleses y portugueses, nuestros
aliados, que habiendo sido recibidos, quando ganaron la brecha, por
los habitantes de la Ciudad, con vivas y aclamaciones, correspondieron bárbaramente con fusilazos, y se entregaron en seguida, la noche
del treinta y uno, y en todo el dia siguiente, á los mayores desórdenes y horrores, de modo que todo el vecindario tuvo que huir y salir
del pueblo el primero y dos del corriente, despavorido y medio desnudo ; y aun los dos señores Alcaldes hubieron de hacer lo mismo
por salvar sus vidas, viendo que quantos esfuerzos hicieron con los
ingleses y portugueses para contener las muertes, violaciones, pillaje y
fuego de las casas, eran inútiles é infructuosos.
El Congreso, sin embargo de hallarse atónito, asombrado y fuera
de sí con la horrorosa catástrofe que ha presenciado, y con la vista de
la desnudez y figura cadavérica en que han salido quantos se hallaban
dentro de la Plaza, por el atroz y bárbaro trato de los ingleses y portugueses; y a pesar de la miseria en que se hallan todos los que lo
componen, por haber perdido quantos bienes poseian, á resulta del
saqueo y subsiguiente incendio, olvidando en este momento sus particulares infortunios, recordó que en diversas anteriores épocas se ha abrasado la Ciudad de San Sebastian enteramente por incendios, aunque casuales, y que no obstante, por la constancia y amor de los habitantes á su nativo suelo, ha vuelto á repoblarse hasta el punto de
opulencia y esplendor que la hicieron célebre y famosa en ambos
hemisferios, utilísima al Estado y muy amada de los Reyes por sus
distinguidos servicios. Convino en que, imitando la magnanimidad de
sus antepasados, sin abatirse por la espantosa calamidad presente, se
debian poner todos los medios imaginables para la más pronta repoblacion de la Ciudad ; y considerando que el medio más eficaz de que
no se disperse y emigre á otras Provincias la parte del vecindario que
se ha salvado de la furia de los anglolusitanos, de conservar siquiera
los Templos y algunas casas, atraer los habitantes, reedificar la Ciudad
y conseguir del Gobierno algunos auxilios, es la creacion de un Ayuntamiento que reuna la voz, representacion y derechos de todos los vecinos y lleve el nombre de la Ciudad de San Sebastian para que suene
su existencia política, ya que ha desaparecido la física por su quema
total, resolvió, de comun conformidad, y ante todas cosas, escribir con
Propio á la Diputacion Provincial, que reside en Tolosa, la carta
siguiente, firmada por todos los que componen el Congreso :
«Habiéndonos congregado en esta Comunidad de Zubieta, juris-
»diccion de la Ciudad de San Sebastian, los infraescritos Alcaides, Re-
»gidores, Secretario del Ayuntamiento de la misma Ciudad, los de-
»más vecinos notables, Prior y Beneficiados del Cabildo Eclesiástico,
»no habiendo vuelto aún del asombro que nos ha causado la destruc-
»cion total de nuestra Patria, y sus atroces circunstancias, consideran-
»do que el punto principal que debe llamar nuestra atencion es que el
»pueblo no se disperse y que conserve su representacion y Ayunta-
»miento, recurrimos á la proteccion de V. S., para que se sirva rehabi-
»litar á los individuos del Ayuntamiento último para exercer interina-
»mente sus funciones, y convocar desde luego á los vecinos que
»pueden ser habidos, para publicar y jurar la Constitucion, y nombrar
»un Ayuntamiento constitucional.
»Los firmantes esperan de V. S. sin perder momento esta rehabili-
»tacion, y que nos descubra sus intenciones y dé sus luces á fin de
»reparar tan grandes desgracias y lograr la repoblacion de nuestra des-
»graciada Patria.
»Zubieta, jurisdiccion de la Ciudad de San Sebastian, ocho de
»Septiembre de mil ochocientos y trece.»
(Ac.º 2.º) Después de escrita, firmada y despachada la precedente
carta, se volvió á conferir sobre las atroces circunstancias con que hasido tomada la Plaza por los sitiadores, tratando á los habitantes de
una Ciudad tan patriótica, fiel y adicta á la gloriosa causa de la Nacion, mucho peor que si fuera enemiga ; mas todos los individuos del
Congreso sofocaron sus sentimientos particulares, conociendo importaba mucho conservar la reputacion de los aliados en un tiempo en
que iban á entrar en el territorio enemigo, y que perjudicaria á la causa
de la Nacion publicar en estas circunstancias su atroz y bárbara conducta. Sacrificando, pues, todo el Congreso unánimemente en favor
del bien general toda reclamacion sentida, fixó su atencion y esperanzas en el invencible Lord Duque de Ciudad Rodrigo, para quien se
dispuso y aprobó con entusiasmo la representacion siguiente, que
se encargó á los Sres. D. José Ignacio de Sagasti, D. José Maria de
Soroa y Soroa y D. Joaquin Luis de Bermingham la pusiesen en limpio y dirigiesen al Lord Duque, firmándola los tres en nombre de la
Junta:
«Excmo Sr. : El Ayuntamiento de la Ciudad de San Sebastian y
»una gran parte de sus principales vecinos, se hallan reunidos en el
»Barrio de Zubieta, jurisdiccion de la misma Ciudad, con el objeto de
»acudir á cuantos medios pueda sugerir la imaginacion para el alivio
»de los desgraciados habitantes de ella.
»Por un movimiento espontáneo y unánime se ha fixado la vista
»de los miembros de esta Junta en el Héroe de la Nacion, en el res-
»taurador de la independencia de España, en V. E., en fin, cuyas vir-
»tudes privadas dan tanto realce á su gloria militar. Nuestra confianza
»en la grandeza del alma de V. E. es ilimitada, y nuestro espíritu,
»aunque abatido, no nos conducirá á la desesperacion, si V. E. se
»digna protegernos con la generosidad propia de su carácter.
»El Congreso omitirá la relacion detallada de los tristes aconteci-
»mientos de San Sebastian, desde el treinta y uno de Agosto hasta el
»dia de hoy, por no renovar el intenso dolor que han debido causar
»en un corazon tan sensible como el de V. E., y se limitará á la men-
»cion en grande de una espantosa catástrofe.
»San Sebastian, Sr. Excmo., ha padecido un saqueo horrible con
»los demás excesos anexos á él, y un incendio de cerca de seiscientas
»casas, en el cual han consumido las llamas el valor de más de no-
»venta millones de reales. Este funesto accidente ha causado la ruina
»de más de mil y quinientas familias, y ha reducido las siete octavas
»partes á la desnudez absoluta y á la mendicidad, en un Pais, cuyos
»habitantes carecen de lo más preciso aun para su propia subsistencia,
»a resulta de haber sido ocupado por el enemigo durante cinco años.
»En medio de este caos de calamidades no se ha notado el menor»síntoma de tibieza en el constante patriotismo que ha
»manifestado desde el año de mil ochocientos y ocho esta infeliz
»Ciudad. Si nuevos sacrificios fuesen posibles y necesarios, no
»se vacilaria un momento en resignarse á ellos. Finalmente, si
»la combinacion de las operaciones militares, ó la seguridad
»del territorio español exigiesen que renunciásemos por algun
»tiempo ó para siempre á la dulce esperanza de ver reedificada
»y restablecida n uestra Ciudad, nuestra conformidad seria
unánime, mayormente si, como es justo, nuestras pérdidas fuesen
»soportadas á prorata entre todos nuestros compatriotas de la
»Península y Ultramar.
»Moscow fué incendiado, y experimentó grandes pérdidas. La
»Europa entera conoce los felices efectos que produjo á la Rusia y á
»sus aliados esta enérgica resolucion ; pero las pérdidas de Moscow
»han sido indemnizadas por todo el imperio Ruso, y por la
»generosa nacion Británica. Y la infeliz Ciudad de San Sebastian,
»esta benemérita Ciudad, ¿será abandonada á su desgraciada
»suerte? No : San Sebastian no reclama en vano la proteccion del
»inmortal Duque de Ciudad-Rodrigo : los justos clamores de los
»habitantes de esta Ciudad serán trasmitidos por el Órgano de V.
»E. á nuestra Regencia, al Ministerio Británico, y á los corazones
»piadosos de esta ilustre Nacion ; y San Sebastian renacerá.
»Séanos permitido este feliz presagio inspirado por el alto
»concepto que tiene formado el Orbe de las bellas cualidades
»que adornan á V. E., y permítasenos tambien el reiterarle la triste
»situacion de mil y quinientas familias pobres de San Sebastian que
»andan errantes sin asilo y sin pan. Somos con la más alta
»consideracion de V. E. Muy rendidos servidores.—Zubieta ocho de
»Septiembre de mil ochocientos y trece.»
(Ac.º 3.º) Concluida la lectura de la Representacion
precedente, se ocupó la Junta en formar una Memoria de
todo lo ocurrido al tiempo del asalto, y despues que se apoderaron
de la Plaza los aliados, con lo que informaron extensamense los dos
señores Alcaldes, Síndico, Presbítero Beneficiado D. Joaquin
Santiago de Larreandi y otros va- rios vecinos que estaban dentro
de la Plaza, y hallándose extendiendo dicha Memoria, llegó aviso de
que se habia rendido esta mañana por capitulacion el Castillo de
la Mota, al que se retiraron los franceses el mismo dia del asalto, y
para cuya expugnacion no habia permitido el fuego que abrasaba
al Pueblo, tomar antes disposiciones activas. La Junta, en vista
de esta noticia, se apresuró á felicitar al General inglés, comandante
de las tropas aliadas, que ocupan la Plaza de San Sebas- tian, con
un oficio que resolvió lo llevase, y entregase yo el Secreta-rio, acompañado de uno de los Alguaciles de la Ciudad, que tambien se presentaron, y dicho oficio se extendió en los términos
siguientes :
«El Magistrado de esa Ciudad de San Sebastian, que se halla reu-
»nido en este Pueblo de su jurisdiccion, acaba de saber con la mayor
»satisfaccion que el Castillo de la Mota se ha rendido. Cree de su de-
»ber felicitar á V. E. por este acontecimiento en que interesa la causa
»comun, al mismo tiempo que su obligacion le impele á preguntar
»á V. E. si podrá trasladarse y tomar con libertad sus funciones en fa-
»vor de la causa de la Nacion y de los habitantes.
»A este fin se dirige á V. E, de cuya atencion espera se sirva ex-
»presarle si podrá disponer de los edificios, tanto de los que existan
»como de los derruidos, y tomar, en cumplimiento de sus deberes,
»las providencias que tenga por convenientes al mayor bien de los
»habitantes, sirviéndose V. E. expresarle el apoyo y auxilio que le
»dispensará de su parte. Renueva á V. E. su respeto, y ruega á Dios
»guarde á V. E. muchos años. — Zubieta ocho de Septiembre de mil
»ochocientos trece. — Al Excmo. Sr. General Comandante de las tro-
»pas aliadas en San Sebastian. »
Con tanto se disolvió por hoy esta Junta, quedando convocados
todos los señores concurrentes á esta misma casa de Aizpúrua, por
hallarse ocupada la Consistorial, para mañana á las nueve; y por mandado de la misma Junta firmé esta Acta, yo, el Secretario. — Ante
mi, JPH. JOAQUIN DE ARIZMENDI.
jueves, 12 de septiembre de 2013
LOS RESPONSABLES DE LA DESTRUCCIÓN - Las responsabilidades personales
Seguramente en las filas aliadas no era grande el número de los hombres desprovistos de todo sentimiento honrado; pero los tales figuraban en el primer término y arrastraron consigo a los muchos soldados perturbados por el alcohol que sabemos corrió con abundancia. Entonces, rota la disciplina, los sentimientos de violencia, exaltados hasta el delirio en el torbellino de sangre y fuego, se desbordaron por las calles y llegaron a disipar los mismos sentimientos humanos. El incendio producido por el rayo de la guerra en algunos lugares constituía una invitación a consumar lo que la fatalidad parecía respetar; y la lujuria, el pillaje y el crimen se adueñaron de los ánimos, incitados por apetito desenfrenado y ciega vanidad. (33)
Toda esta situación, naturalmente, no exime de responsabilidades personales a las tropas aliadas, aunque no faltaron entre ellos quienes supieron mantener los sentimientos de humanidad; e incluso algunos, tanto oficiales como soldados, arriesgaron y hasta perdieron su vida en el intento de frenar los excesos criminales de sus compañeros (34).
Toda esta situación, naturalmente, no exime de responsabilidades personales a las tropas aliadas, aunque no faltaron entre ellos quienes supieron mantener los sentimientos de humanidad; e incluso algunos, tanto oficiales como soldados, arriesgaron y hasta perdieron su vida en el intento de frenar los excesos criminales de sus compañeros (34).
Se les debe imputar la responsabilidad no sólo del pillaje, crímenes y violaciones cometidas, sino también de la quema de
Ciudad. Aun reconociendo que en muchas partes pudo surgır
fuego fortuito, el clima de horror y espanto que provocaron los soldados aliados en la población civil indefensa hizo imposible que ésta
pudiera entregarse en la forma debida a sofocar el fuego, preocupada primordialmente de salvar la vida.
Wellington asevera que sus soldados hicieron cuanto era posible
por extinguir el fuego, pero la aseveración no resiste una honrada
crítica. Las Representaciones del Ayuntamiento se quejan de que
sus requerimientos de ayuda no obtuvieron de los soldados respuesta
positiva. Solamente un batallón de portugueses se puso a trabajar
en la extinción del fuego, pero al poco cesaron en el trabajo y se
alejaron abandonando los instrumentos en el lugar. Una cosa hay
clara en todo ello: las casas de la calle de la Trinidad, ocupadas
por los oficiales, y las parroquias de Santa María y de San, Vicente,
habilitadas como hospitales, no fueron afectadas por el fuego. Y
esto no se puede explicar más que por una u otra de las hipótesis
siguientes: a esos lugares no llegó la mano incendiaria de la soldadesca, o los aliados cuidaron de que a los mismos no se propagase
el fuego. Quizás lo más verosímil sería admitir ambas hipótesis a la
vez y en ese caso, ¿quién puede quedar convencido de que la tropа
anglo-portuguesa no hubiera podido realizar lo mismo en otros
lugares, si no en todos ellos?
La responsabilidad llega a afectar plenamente a los mismos jefes superiores. El general Gómez de Arteche condena a Graham de
debilidad o por lo menos de incuria imperdonable, y sentencia que,
en excesos como los que se cometieron en San Sebastián, es mayor la responsabilidad de los jefes que de la soldadesca, y todavía más terible cuando acaba por hacerse recaer sobre el general en Jefe,
como hemos visto que la opinión general en España y el mundo entero la quiso atribuir a Wellington (35).
En efecto, a pesar de su sobrenombre de Duque de Hierro, We- llington dejó en más de una ocasión de sacar todo el fruto posible de sus triunfos por la falta de disciplina de los soldados. Por eso se ha dicho de él que sabía obtener victorias pero no aprovecharlas. 18 días después de la batalla de Vitoria, por ejemplo, él mismo se queja de que todavía 12.500 hombres, casi todos ingleses, estaban ausentes y la mayor parte merodeaban por las montañas (36).
Por otra parte nada hizo el Lord para que se le pueda exculpar de su responsabilidad. En nada, dice Gómez de Arteche reveló el célebre Generalísimo su saña por la herida que creyó se le infería
en su carácter personal y militar, en nada como en sus contestaciones a las autoridades de la infeliz ciudad que le pedían su protección
cerca del gobierno español y británico. Después de respuestas nada satisfactorias para los que no se cansaban de enaltecer su personalidad en los escritos que le dirigían, acabó en su despacho de 2 de noviembre por prohibirles toda comunicación con él en ese asunto (37).
Mas si la inculpación del horroroso desastre recae sobre todos ellos, no hay por qué responsabilizar de ello a otras personas. No hay razón para extender el dedo acusador contra la noble nación inglesa o portuguesa, ni siquiera contra los ejércitos aliados que, al precio de su sangre, nos auxiliaron en nuestra Guera de la Inde- pendencia, sino contra aquellos soldados que tomaron parte activa en la pepetración de semejante crimen y contra los jefes y oficiales en cuyas manos pudo estar el reprimir el furor destructor de la sol- dadesca y no quisieron o no supieron hacerlo.
Mas si la inculpación del horroroso desastre recae sobre todos ellos, no hay por qué responsabilizar de ello a otras personas. No hay razón para extender el dedo acusador contra la noble nación inglesa o portuguesa, ni siquiera contra los ejércitos aliados que, al precio de su sangre, nos auxiliaron en nuestra Guera de la Inde- pendencia, sino contra aquellos soldados que tomaron parte activa en la pepetración de semejante crimen y contra los jefes y oficiales en cuyas manos pudo estar el reprimir el furor destructor de la sol- dadesca y no quisieron o no supieron hacerlo.
A pesar de todo merece nuestro respeto la lápida que existe a
la entrada de la calle de Jerónimo en nuestra Ciudad con la siguiente inscripción:
XXXI de Agosto de MDCCCХІIІ
Los aliados tomaron por asalto esta ciudad
Ocupada por el ejército invasor,
La incendian, la saquean y degüellan
Gran número de sus moradores
Pero todavía merece más respeto de nuestra parte la otra lápida que se halla enfrente como testimonio perenne de que los hombres de San Sebastián han sabido inmediatamente sobreponerse en
el pasado a las calamidades más espantosas y lo sabrán hacer también en el futuro:
VIII de setiembre MDCCСХІII
reunidos en Zubieta los habitantes dispersos
a consecuencia de la hecatombe del XXXI de Agosto
acuerdan reedificar la ciudad
presa todavía de las llamas
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(33) Véase Ibidem, pág. 341.
(34) BRIALMONT: Histoire, t. III, pág. 364, reproduce una carta en la que
Wellington acusa a los soldados ingleses de la muerte de un oficial portugués que
quiso impedir sus excesos.
(35) GÓMEZ DE ARTECHE, pág. 325.
(36) Ibidem, pág. 244.
(37) ANABITARTE: Gestión, pág. 290.
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LOS RESPONSABLES DE LA DESTRUCCIÓN - ¿Cuál es la explicación?
Si esto es así como se dice, ¿cuál puede ser la explicación del tremendo desastre que provocaron los aliados al conquistar nuestra plaza? ¿Qué aguijón infernal les atizó para que en nuestra Ciudad mostraran una ferocidad más inhumana que en cualquier otro lugar y hasta cierto punto que en cualquier otro tiempo?
En su libro sobre el sitio de San Sebastián en 1813 el general francés Lamiraux contesta a esta pregunta con el siguiente párrafo: "Verdaderamente la única disculpa que debieron ofrecer los ingleses y sus partidarios a tan horrenda conducta para con una ciudad cuyos hijos les esperaban, como suele decirse, con los brazos abiertos y los aclamaban al penetrar en las calles como libertadores suyos y de la patria; la única disculpa, repetimos, era la de la mortandad que en los dos sitios les había causado el valor de los defensores. El segundo, al que estamos ahora refiriéndonos, había costado, en efecto, a los sitiadores sobre 500 muertos, entre ellos muchos oficiales de nota como el coronel Sird Richard Fletcher (creador de la línea Torres Vedras), Crawford y otros muy recomendables también, y 1.500 heridos, entre quienes lo fueron los generales Leith, Oswald y Robinson, los coroneles Hunt, Cameron Campbell y algunós más que hemos tenido ocasión de citar por tan entendidos como valerosos. Eso podría explicar en parte el furor de los que habían dejado su camino cubierto de sangre tan generosa y perdida la dirección de jefes tan acreditados y que tantas veces, además, los habían guiado a la victoria. Se comprende, empero, que ese furor se hubiese ensañado en los que les causaran tantas y tales bajas; pero, ¿qué les habían hecho los que salían de su morada a recibirlos con el gozo pintado en su rostro, y las mujeres, los ancianos y los niños que desde los balcones y ventanas de las casas los saludaban con sus pañuelos y aclamaciones" (30).
En su libro sobre el sitio de San Sebastián en 1813 el general francés Lamiraux contesta a esta pregunta con el siguiente párrafo: "Verdaderamente la única disculpa que debieron ofrecer los ingleses y sus partidarios a tan horrenda conducta para con una ciudad cuyos hijos les esperaban, como suele decirse, con los brazos abiertos y los aclamaban al penetrar en las calles como libertadores suyos y de la patria; la única disculpa, repetimos, era la de la mortandad que en los dos sitios les había causado el valor de los defensores. El segundo, al que estamos ahora refiriéndonos, había costado, en efecto, a los sitiadores sobre 500 muertos, entre ellos muchos oficiales de nota como el coronel Sird Richard Fletcher (creador de la línea Torres Vedras), Crawford y otros muy recomendables también, y 1.500 heridos, entre quienes lo fueron los generales Leith, Oswald y Robinson, los coroneles Hunt, Cameron Campbell y algunós más que hemos tenido ocasión de citar por tan entendidos como valerosos. Eso podría explicar en parte el furor de los que habían dejado su camino cubierto de sangre tan generosa y perdida la dirección de jefes tan acreditados y que tantas veces, además, los habían guiado a la victoria. Se comprende, empero, que ese furor se hubiese ensañado en los que les causaran tantas y tales bajas; pero, ¿qué les habían hecho los que salían de su morada a recibirlos con el gozo pintado en su rostro, y las mujeres, los ancianos y los niños que desde los balcones y ventanas de las casas los saludaban con sus pañuelos y aclamaciones" (30).
Para Gómez de Arteche igualmente el revés sufrido en el asalto
del 15 de julio y los sacrificios hechos en el segundo y definitivo,
fueron la causa del horrible desastre de la infeliz Ciudad. Y más
adelante insiste el ilustre historiador y general en que la rabia del
vencimiento anterior, el anhelo más y más excitado del desquite,
encendido en pechos heroicos pero ansiosos de venganza, harán ver
el sacrificio inmerecido de la infeliz ciudad tan obstinadamente
disputada (31).
U'n observador retrata así a aquellos hombres en los instantes
que precedían al asalto: "Había algo en su gesto que decía claramente que habían sufrido fatigas sin quejarse y visto caer a su lado
camaradas y oficiales sin desmayar... lo habían soportado todo
mientras cuerpo y alma estaban ocupados. Pero, ahora ante el asalto, tenían unos instantes para pensar, ahora que los sentimientos
delicados se desvanecían ante el deseo de venganza y saqueo... Una
quieta pero desesperada calma reemplazaba a su de ordinario ruidoso humor y sólo se advertía en su actitud una expresión de ansiedad semejante a la del tigre antes de saltar a su presa" (32).
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(30) Citado por GÓMEZ ARTECHE: Ob. cit., pág. 317. La Encyclopaedia Britannica, palabra Peninsular War, dice que la operación de San Sebastián produjo
en total más de 3.700 bajas.
(31) Ibidem, p 260 y 279.
(32) Citado por OLAVIDE-ALBARELLOS-VIGÓN: Ob. cit., pág. 332, n. 3.
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LOS RESPONSABLES DE LA DESTRUCCIÓN - No fue premeditado
No obstante lo dicho, no faltan suficientes razones para creer
que la horrenda destrucción de San Sebastián no fue cosa premeditada, ni siquiera deseada. En este punto me viene el apoyo autorizado de los distinguidos militares Olavide, Albarellos y Vigón, bien
conocidos entre nosotros, especialmente por su magnífica obra:
Historia de las fortificaciones de San Sebastián. En un artículo publicado en común en la prensa donostirra en 1913 se expresaban
en los siguientes términos que no tienen pérdida:
"¿Tiene razón de ser, considerada militarmente, la idea de que
el incendio y saqueo de San Sebastián en 1813 fueran, no ya ordenados, ni siquiera consentidos por Lord Wellington y por los Ge
nerales, Jefes y Oficiales de los ejércitos aliados?
Nuestra opinión es que tal idea no tiene razón de ser, que es
errónea y que la fundamentamos en las breves consideraciones siguientes:
Desde el punto de vista estratégico, la mira de Lord Wellington, en su avance victorioso de 1813, era llevar la guerra al Mediodía de Francia, abandonando su base de operaciones de Portugal
y estableciéndola fuertemente en los Pirineos, con el sólido apoyo
de Pamplona en su flanco derecho y de San Sebastián en el izquierdo; con lo cual, y siendo dueño del mar, su posición era fortísima y podía desarrollar una enérgica ofensiva en el territorio
francés.
Así decía en carta que desde Hernani dirigía el Conde Bathurst,
con fecha 12 de julio:
«Espero seremos pronto dueños de San Sebastián, y si nos establecemos bien en los Pirineos, serán precisos a los franceses
grandes refuerzos para arrojarnos... Creo puedo guardar los Pirineos tan fácilmente como Portugal. Estoy seguro de poder conservar esta posición más fácilmente que el Ebro o cualquier otra de
España».
Ahora bien: ¿cabe dentro de ese plan estratégico que el flanco izquierdo de su nueva base de operaciones, su apoyo marítimo, de
cuya posesión podía esperarse que la verdadera base de operacio
nes fuera la misma Inglaterra con inmensas ventajas económicas y
militares, fuera un montón de escombros sin capacidad militar ninguna como tal punto de apoyo? Esto es inadmisible.
Además, aun suponiendo que en la mente de Lord Wellington
hubiera existido el propósito de la destrucción de San Sebastián,
o por lo menos no le hubiera importado que así se hiciera, ¿no pudo
hacerlo abreviando al mismo tiempo su rendición, con un bombardeo, como en Copenhague, y más cuando tan preocupado estaba
con las maniobras de Soult y con los planes que Napoleón, después de Beautzen en el armisticio de Pleiswitz, podía desarrollar para
levantar su ejército de España? Y, sin embargo, no lo hizo y siguió
el Sitio su marcha, con areglo al plan propuesto.
La posesión de San Sebastián era de gran importancia en los
planes militares del generalísimo inglés. La posibilidad de que Napoleón pudiera reforzar considerablemente al Duque de Dalmacia,
sin que estuviera definitiva y sólidamente apoyado en la nueva
base de operaciones, le hacía desear ardientemente la posesión de
esta Ciudad; y no hay modo alguno de compaginar ese deseo con
el de su destrucción o, al menos, con la indiferencia de que fuera
o no destruida. Esto está reñido con el modo de ser de Lord Wellington, cuya característica era proceder serenamente con cálculo
frío y meditado.
Veamos ahora el asunto desde el punto de vista táctico. Tomada
al asalto la Ciudad, su guarnición se retiró al Monte Urgull; la situación de los asaltantes, dedicados al incendio y al saqueo, era
desventajosísima y pudo ser crítica y peligrosa para los aliados. Teniendo en frente, y muy próximo, a un enemigo valiente y decidido,
con un jefe enérgico y animoso, ocupando el monte como reducto
de seguridad y última defensa; habían demostrado los franceses
desde el comienzo del sitio que no se limitaban a una defensiva
pasiva, sino que aprovechaban todas las ocasiones para las reacciones ofensivas; y si bien los aliados ocupaban en toda la calle del
31 de Agosto los edificios más sólidos de San Sebastián, el incendio
y el desorden en su espalda los colocaba en situación tan desfavorable que seguramente el General Rey la hubiera aprovechado si la
guarnición no hubiera estado quebrantadísima después de tanta
lucha.
Uno posición, una línea de combate, con un obstáculo insuperable a su espalda, o por lo menos, las ruinas y el desorden, era
para la línea de combate a lo largo de la calle del 31 de Agosto
un verdadero obstáculo, un foso de fuego que les aislaba de los suyos y los entregaba a sus propios esfuerzos ante un enemigo sumamente resuelto.
Pudo ser muy crítica la situación de los aliados a consecuencia
del incendio y saqueo; así lo temió Lord Wellington cuando el 20
de julio escribía desde Lesaca al General Graham: "... y como el
enemigo tiene su retirada al Castillo asegurada, y el medio de hacer
salidas como quiera, los oficiales y soldados deben estar advertidos
especialmente del peligro que había de desparramarse por las calles
para tratar de saquear". Y si así pensaba el Generalísimo antes del
asalto del 25 de julio, es natural que se afirmase en el mismo pensamiento antes del asalto del 31 de agosto.
Tanto desde el punto de visto estratégico como desde el táctico,
el incendio y el saqueo de San Sebastián era inconveniente y peligroso para los aliados, y por tanto no puede admitirse que Lord
Wellington ni los Generales y Oficiales le ordenasen ni consintiesen" (28).
Una opinión tan autorizada en el caso se ve confirmada por el
mismo Wellington al afirmar que las fuerzas inglesas fueron las
primeras víctimas del incendio y uno de sus oficiales, John Jones,
se expresa más concretamente cuando asegura que el fuego del
incendio se opuso poderosamente a los progresos del ataque al Castillo (29).
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(28) ¿Quién prendió fuego a San Sebastián? Carta abierta a don Wenceslao
Crbea, en El Pueblo Vasco, 30 de setiembre de 1913.
(29) BRIALMONT: Histoire, t. II, pág. 149.
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LOS RESPONSABLES DE LA DESTRUCCIÓN - ¿Celo comercial?
Otra opinión atribuye la destrucción de San Sebastián al celo
comercial de los ingleses. Más que una justificación de la conducta
vandálica de los aliados, se trata de una explicación y, si se quiere,
hasta de una circunstancia agravante que, de ser cierta, implicaría
alevosía y premeditación. La opinión era sostenida más bien en los
sectores hostiles a Inglaterra y viene a constituir un elogio innegable
a la prosperidad de nuestra Ciudad.
En sus cartas y escritos de justificación, Wellington, después de
prometer que todos los culpables serán castigados. se indigna de
ver atacados "en infames libelos unos hombres valientes v llenos
de honor, incapaces de quemar una ciudad para satisfacer. como
se pretende, una venganza comercial o cualquier otra venganza" (25).
Por lo que expresa el biógrafo belga Brialmont, con estas palabras el Duque hace alusión a una carta del Conde de Villa-Fnertes.
jefe político de la provincia de Guipúzcoa, en la que Graham era
tratado duramente y en la que se atribuía el incendio de la Ciudad
a celos comerciales de Inglaterra, "disgustada de aue el comercio de
San Sebastián se hacía con Francia, con exclusión de Inglaterra".
Entre los españoles corría la sospecha de que los ingleses no
desaprovechaban la oportunidad para destruir nuestra industria v
arruinar nuestro comercio, si no podían cuando menos hacerse con
el control de los núcleos comerciales. La destrucción innecesaria de
la magnífica fábrica de porcelanas del Retiro por parte de los
aliados y sus intentos de establecerse en la plaza de Cádiz, si no
de ocuparla, se interpretaban en este sentido por no pocos españoles (26). Estas sospechas se vieron de nuevo alimentadas con la
destrucción de San Sebastián y las acusaciones en este sentido volvieron a hacerse patentes. Así el Diario Crítico de Sevilla, por el Setabiense expresaba que la destrucción de la magnífica fábrica de
Porcelanas del Retiro y el incendio y quema de San Sebastián, no
puede borrarse de la memoria de los españoles (27).
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(25) Véase BRIALMONT: Histoire, t. II, pág. 150. Por otra parte escribe textualmente: "Era imposible restablecer el orden en medio de un vasto incendio
cuando los dos tercios de los oficiales habían sido muertos o heridos (unos 170
sobre 250) y cuando cierto número de habitantes, tomando partido por los
franceses, disparaba sobre las tropas".
(26) Véase GÓMEZ IMAZ: Los periódicos, pág. 11.
(27) Ibidem, pág. 101. La inculpación de los ingleses fue repetida en los
años sucesivos. Véase, por ejemplo: JUAN ANTONIO ZAMACOLA: Historia de las
naciones bascas. Escrita en 1818, pág. 175.
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LOS RESPONSABLES DE LA DESTRUCCIÓN - ¿Por colaboracionismo?
Una de las excusas o justificaciones que manejó el partido inglés fue la de que San Sebastián era una ciudad afrancesada que
había colaborado con el enemigo y hasta se. había visto disparar
a los donostiarras contra las tropas aliadas liberadoras. En la Representación del 5 de febrero a la Regencia la Ciudad se queja de
que "algunos periódicos nacionales, mal instruidos sin duda, insultan nuestra desgracia, y los de Londres, en particular el "The Pilot", la atribuye a nuestros crímenes de lesa nación". En efecto, el
despacho reproducido en el apéndice documental de este periódico
inglés está lejos de ser un modelo de delicadeza hacia la "bellísima Ciudad", destruida por el fuego inglés.
Los donostiarras tomaron muy en serio la acusación de crimen
de lesa nación, de afrancesamiento, en otras palabras, y dedicaron
la primera y la última parte del Manifiesto a demostrar su patriotismo y refutar la acusación de colaboracionismo. En resumen, las
razones que exponen pueden reducirse a las siguientes:
El comandante francés de la plaza tuvo que prohibir la salida
de los habitantes, porque iban a dejar la plaza casi desierta por el
ansia que sentían de liberación.
Los donostiarras tuvieron que sufrir bajo amenaza de muerte
duras requisas, contribuciones extraordinarias, prisiones y deportaciones. Por la desconfianza que sentían hacia ellos, los franceses Tes despojaron el 7 de julio no solamente de todas las armas, sin excepción del espadín más inútil, sino cuantas cuerdas, escalas, picas,
palas, azadones y herramientas de carpintería pudieron hallar.
La congoja que les invadió al ver frustrado el asalto de julio y
la prolongación de la defensa sólo encontraban consuelo en el auxilio a los prisioneros y la atención a los heridos aliados, hasta el
punto que por exceso de celo en este menester algunas personas
fueron recluidas en el Castillo.
Las muestras que dieron de su exaltado amor al Rey y del alto
desprecio al intruso cuando el 8 de julio de 1808 paseó por las caIles donostiarras hasta el punto que obligaron al sufrido José a manifestar a uno de los alcaldes la sorpresa que le habían causado.
Todas estas razones expuestas más extensamente en el Manifiesto se ven confirmadas, al menos negativamente, en otras fuentes.
Ciudades hubo en España que prestaron juramentos de fidelidad a
José Bonaparte e hicieron manifestaciones públicas de adhesión.
Ciudades hubo en España que le recibieron con relativo entusiasmo. Ciudades hubo en España que merecieron por parte de los
franceses una exención temporal de impuestos. Pero nada de esto
ocurrió en San Sebastián y su nombre no figura bajo ninguno de
estos conceptos en la colección de "Le Moniteur Universal" como
figura el de otras poblaciones.
Conocemos bien, por ejemplo, la actitud ostensiblemente reservada del pueblo donostiarra ante la visita de José Bonaparte, que
contrasta con el entusiasmo que días antes manifestó en el-recibimiento de Fernando VII. Los tamborileros tuvieron que retirarse avergonzádos de la Plaza Nueva antes de la hora fijada porque ni siquiera a una niña se vio bailar y los balcones se hallaban cerrados y desiertos igual que la Plaza. Cuando José paseó por el muelle
por Kai-arriba las mujeres, vueltas de espalda, se decían unas
otras: "Guk ez degu nai au, bost eta bi beardegu guk", refiriéndose
Fernando VII que son cinco y dos. El mismo pretendiente no
pudo menos de desahogarse con uno de los alcaldes a quien ma- nifestó: "un error no es delito, otra vez que vuelva a esta ciudad
me recibirán mejor" (22).
Sin embargo a estas manifestaciones se opone una frase del co- mandante francés Belmas que afirma que los donostiarras "mostraban una devoción sin límites por los franceses" (23). Se sabe que en San Sebastián hubo bastantes suscriptores de la Enciclopedia, con- cretamente parece que fueron 16, y, además de haber en ella no
pocos residentes de la nación vecina, no faltaban "guripleyadas" o
afrancesados y, empleando una expresión moderna, hasta "colabo- racionistas", como los que ocuparon los puestos de autoridad du- rante la ocupación. Pero esto no era exclusivo de nuestra Ciudad,
sino común a otras, y ellos pertenecían siempre a la minoría bur- guesa, mientras que el pueblo, en expresión de Soraluce, era archi- patriota. Mas los mismos afrancesados debieron cambiar de ideas
o actuaron con prudencia, porque el Manifiesto expresa que en los cinco años de ocupación los oficiales franceses no lograron introdu- cirse en una sola casa decente. Esto último se ve confirmado por la
carta del Mariscal Alava a San Sebastián, de que más arriba hemos hecho mención, en la que elogia los sentimientos patrióticos de la Ciudad y atestigua que el mismo Duque conoce esos sentimientos.
Más personal es la excusa que pretende Napier. El teniente coronel inglés, a pesar de su actitud despectiva hacia los españoles,
tuvo suficiente honradez para condenar "las atrocidades que hubieran cubierto de vergüenza a los puęblos más bárbaros de la anti- güedad" que cometieron los aliados en San Sebastián, donde "la más espantosa, la más repugnante crueldad fueron a unirse a la momenclatura de todos los crímenes". Mas al militar inglés no se-le
ocurre excusa más peregrina para justificar tales crímenes que el despecho producido a los aliados "la ingratitud y mala correspon- dencia española en Talavera, que hasta el fin de la guerra mantu- vieron una constante aversión y desprecio a los españoles". La excusa parece tan pueril que no merece la pena de refutarla y menos
cuando en aquellos mismos tiempos no faltó quien refutase las
teorías de este autor (24).
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(22)Sobre el recibimiento a José Bonaparte véase BALDOMERO ANABITARTE:
Gestión del Municipio de San Sebastián en el siglo XIX (San Sebastián, 1903), pág. 25.
(23) BELMAS: Journaux, pág. 594, citado por BRIALMONT: Histoire du Dис W'ellington, t. II, pág. 119.
(24) José CANGA ARGÜELLES: Observaciones sobre la Historia de la Guerra
de España, que escribe en inglés el teniente coronel Napier, publicadas en Londres, año de 1830, y reimpresas en virtud de orden de S. M., t. II (Madrid, 1835),
págs. 276-8.
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