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jueves, 12 de septiembre de 2013

LOS RESPONSABLES DE LA DESTRUCCIÓN - Las responsabilidades personales

Seguramente en las filas aliadas no era grande el número de los hombres desprovistos de todo sentimiento honrado; pero los tales figuraban en el primer término y arrastraron consigo a los muchos soldados perturbados por el alcohol que sabemos corrió con abundancia. Entonces, rota la disciplina, los sentimientos de violencia, exaltados hasta el delirio en el torbellino de sangre y fuego, se desbordaron por las calles y llegaron a disipar los mismos sentimientos humanos. El incendio producido por el rayo de la guerra en algunos lugares constituía una invitación a consumar lo que la fatalidad parecía respetar; y la lujuria, el pillaje y el crimen se adueñaron de los ánimos, incitados por apetito desenfrenado y ciega vanidad. (33)

Toda esta situación, naturalmente, no exime de responsabilidades personales a las tropas aliadas, aunque no faltaron entre ellos quienes supieron mantener los sentimientos de humanidad; e incluso algunos, tanto oficiales como soldados, arriesgaron y hasta perdieron su vida en el intento de frenar los excesos criminales de sus compañeros (34). 
Se les debe imputar la responsabilidad no sólo del pillaje, crímenes y violaciones cometidas, sino también de la quema de Ciudad. Aun reconociendo que en muchas partes pudo surgır fuego fortuito, el clima de horror y espanto que provocaron los soldados aliados en la población civil indefensa hizo imposible que ésta pudiera entregarse en la forma debida a sofocar el fuego, preocupada primordialmente de salvar la vida. 
Wellington asevera que sus soldados hicieron cuanto era posible por extinguir el fuego, pero la aseveración no resiste una honrada crítica. Las Representaciones del Ayuntamiento se quejan de que sus requerimientos de ayuda no obtuvieron de los soldados respuesta positiva. Solamente un batallón de portugueses se puso a trabajar en la extinción del fuego, pero al poco cesaron en el trabajo y se alejaron abandonando los instrumentos en el lugar. Una cosa hay clara en todo ello: las casas de la calle de la Trinidad, ocupadas por los oficiales, y las parroquias de Santa María y de San, Vicente, habilitadas como hospitales, no fueron afectadas por el fuego. Y esto no se puede explicar más que por una u otra de las hipótesis siguientes: a esos lugares no llegó la mano incendiaria de la soldadesca, o los aliados cuidaron de que a los mismos no se propagase el fuego. Quizás lo más verosímil sería admitir ambas hipótesis a la vez y en ese caso, ¿quién puede quedar convencido de que la tropа anglo-portuguesa no hubiera podido realizar lo mismo en otros lugares, si no en todos ellos?
La responsabilidad llega a afectar plenamente a los mismos jefes superiores. El general Gómez de Arteche condena a Graham de debilidad o por lo menos de incuria imperdonable, y sentencia que, en excesos como los que se cometieron en San Sebastián, es mayor la responsabilidad de los jefes que de la soldadesca, y todavía más terible cuando acaba por hacerse recaer sobre el general en Jefe, como hemos visto que la opinión general en España y el mundo entero la quiso atribuir a Wellington (35). 
En efecto, a pesar de su sobrenombre de Duque de Hierro, We- llington dejó en más de una ocasión de sacar todo el fruto posible de sus triunfos por la falta de disciplina de los soldados. Por eso se ha dicho de él que sabía obtener victorias pero no aprovecharlas. 18 días después de la batalla de Vitoria, por ejemplo, él mismo se queja de que todavía 12.500 hombres, casi todos ingleses, estaban ausentes y la mayor parte merodeaban por las montañas (36). 
Por otra parte nada hizo el Lord para que se le pueda exculpar de su responsabilidad. En nada, dice Gómez de Arteche reveló el célebre Generalísimo su saña por la herida que creyó se le infería en su carácter personal y militar, en nada como en sus contestaciones a las autoridades de la infeliz ciudad que le pedían su protección cerca del gobierno español y británico. Después de respuestas nada satisfactorias para los que no se cansaban de enaltecer su personalidad en los escritos que le dirigían, acabó en su despacho de 2 de noviembre por prohibirles toda comunicación con él en ese asunto (37).
 Mas si la inculpación del horroroso desastre recae sobre todos ellos, no hay por qué responsabilizar de ello a otras personas. No hay razón para extender el dedo acusador contra la noble nación inglesa o portuguesa, ni siquiera contra los ejércitos aliados que, al precio de su sangre, nos auxiliaron en nuestra Guera de la Inde- pendencia, sino contra aquellos soldados que tomaron parte activa en la pepetración de semejante crimen y contra los jefes y oficiales en cuyas manos pudo estar el reprimir el furor destructor de la sol- dadesca y no quisieron o no supieron hacerlo. 
A pesar de todo merece nuestro respeto la lápida que existe a la entrada de la calle de Jerónimo en nuestra Ciudad con la siguiente inscripción:
XXXI de Agosto de MDCCCХІIІ 
Los aliados tomaron por asalto esta ciudad 
Ocupada por el ejército invasor, 
La incendian, la saquean y degüellan 
Gran número de sus moradores 
Pero todavía merece más respeto de nuestra parte la otra lápida que se halla enfrente como testimonio perenne de que los hombres de San Sebastián han sabido inmediatamente sobreponerse en el pasado a las calamidades más espantosas y lo sabrán hacer también en el futuro:
VIII de setiembre MDCCСХІII 
reunidos en Zubieta los habitantes dispersos 
a consecuencia de la hecatombe del XXXI de Agosto 
acuerdan reedificar la ciudad 
presa todavía de las llamas 
 

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(33) Véase Ibidem, pág. 341. 
(34) BRIALMONT: Histoire, t. III, pág. 364, reproduce una carta en la que Wellington acusa a los soldados ingleses de la muerte de un oficial portugués que quiso impedir sus excesos.
(35) GÓMEZ DE ARTECHE, pág. 325. 
(36) Ibidem, pág. 244. 
(37) ANABITARTE: Gestión, pág. 290.

LOS RESPONSABLES DE LA DESTRUCCIÓN - ¿Cuál es la explicación?

Si esto es así como se dice, ¿cuál puede ser la explicación del tremendo desastre que provocaron los aliados al conquistar nuestra plaza? ¿Qué aguijón infernal les atizó para que en nuestra Ciudad mostraran una ferocidad más inhumana que en cualquier otro lugar y hasta cierto punto que en cualquier otro tiempo?

En su libro sobre el sitio de San Sebastián en 1813 el general francés Lamiraux contesta a esta pregunta con el siguiente párrafo: "Verdaderamente la única disculpa que debieron ofrecer los ingleses y sus partidarios a tan horrenda conducta para con una ciudad cuyos hijos les esperaban, como suele decirse, con los brazos abiertos y los aclamaban al penetrar en las calles como libertadores suyos y de la patria; la única disculpa, repetimos, era la de la mortandad que en los dos sitios les había causado el valor de los defensores. El segundo, al que estamos ahora refiriéndonos, había costado, en efecto, a los sitiadores sobre 500 muertos, entre ellos muchos oficiales de nota como el coronel Sird Richard Fletcher (creador de la línea Torres Vedras), Crawford y otros muy recomendables también, y 1.500 heridos, entre quienes lo fueron los generales Leith, Oswald y Robinson, los coroneles Hunt, Cameron Campbell y algunós más que hemos tenido ocasión de citar por tan entendidos como valerosos. Eso podría explicar en parte el furor de los que habían dejado su camino cubierto de sangre tan generosa y perdida la dirección de jefes tan acreditados y que tantas veces, además, los habían guiado a la victoria. Se comprende, empero, que ese furor se hubiese ensañado en los que les causaran tantas y tales bajas; pero, ¿qué les habían hecho los que salían de su morada a recibirlos con el gozo pintado en su rostro, y las mujeres, los ancianos y los niños que desde los balcones y ventanas de las casas los saludaban con sus pañuelos y aclamaciones" (30). 
Para Gómez de Arteche igualmente el revés sufrido en el asalto del 15 de julio y los sacrificios hechos en el segundo y definitivo, fueron la causa del horrible desastre de la infeliz Ciudad. Y más adelante insiste el ilustre historiador y general en que la rabia del vencimiento anterior, el anhelo más y más excitado del desquite, encendido en pechos heroicos pero ansiosos de venganza, harán ver el sacrificio inmerecido de la infeliz ciudad tan obstinadamente disputada (31). 
U'n observador retrata así a aquellos hombres en los instantes que precedían al asalto: "Había algo en su gesto que decía claramente que habían sufrido fatigas sin quejarse y visto caer a su lado camaradas y oficiales sin desmayar... lo habían soportado todo mientras cuerpo y alma estaban ocupados. Pero, ahora ante el asalto, tenían unos instantes para pensar, ahora que los sentimientos delicados se desvanecían ante el deseo de venganza y saqueo... Una quieta pero desesperada calma reemplazaba a su de ordinario ruidoso humor y sólo se advertía en su actitud una expresión de ansiedad semejante a la del tigre antes de saltar a su presa" (32).

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(30) Citado por GÓMEZ ARTECHE: Ob. cit., pág. 317. La Encyclopaedia Britannica, palabra Peninsular War, dice que la operación de San Sebastián produjo en total más de 3.700 bajas. 
(31) Ibidem, p 260 y 279. 
(32) Citado por OLAVIDE-ALBARELLOS-VIGÓN: Ob. cit., pág. 332, n. 3.

LOS RESPONSABLES DE LA DESTRUCCIÓN - No fue premeditado

No obstante lo dicho, no faltan suficientes razones para creer que la horrenda destrucción de San Sebastián no fue cosa premeditada, ni siquiera deseada. En este punto me viene el apoyo autorizado de los distinguidos militares Olavide, Albarellos y Vigón, bien conocidos entre nosotros, especialmente por su magnífica obra: Historia de las fortificaciones de San Sebastián. En un artículo publicado en común en la prensa donostirra en 1913 se expresaban en los siguientes términos que no tienen pérdida: 
"¿Tiene razón de ser, considerada militarmente, la idea de que el incendio y saqueo de San Sebastián en 1813 fueran, no ya ordenados, ni siquiera consentidos por Lord Wellington y por los Ge nerales, Jefes y Oficiales de los ejércitos aliados? 
Nuestra opinión es que tal idea no tiene razón de ser, que es errónea y que la fundamentamos en las breves consideraciones siguientes: 
Desde el punto de vista estratégico, la mira de Lord Wellington, en su avance victorioso de 1813, era llevar la guerra al Mediodía de Francia, abandonando su base de operaciones de Portugal y estableciéndola fuertemente en los Pirineos, con el sólido apoyo de Pamplona en su flanco derecho y de San Sebastián en el izquierdo; con lo cual, y siendo dueño del mar, su posición era fortísima y podía desarrollar una enérgica ofensiva en el territorio francés. 
Así decía en carta que desde Hernani dirigía el Conde Bathurst, con fecha 12 de julio: 
«Espero seremos pronto dueños de San Sebastián, y si nos establecemos bien en los Pirineos, serán precisos a los franceses grandes refuerzos para arrojarnos... Creo puedo guardar los Pirineos tan fácilmente como Portugal. Estoy seguro de poder conservar esta posición más fácilmente que el Ebro o cualquier otra de España».
Ahora bien: ¿cabe dentro de ese plan estratégico que el flanco izquierdo de su nueva base de operaciones, su apoyo marítimo, de cuya posesión podía esperarse que la verdadera base de operacio nes fuera la misma Inglaterra con inmensas ventajas económicas y militares, fuera un montón de escombros sin capacidad militar ninguna como tal punto de apoyo? Esto es inadmisible. 
Además, aun suponiendo que en la mente de Lord Wellington hubiera existido el propósito de la destrucción de San Sebastián, o por lo menos no le hubiera importado que así se hiciera, ¿no pudo hacerlo abreviando al mismo tiempo su rendición, con un bombardeo, como en Copenhague, y más cuando tan preocupado estaba con las maniobras de Soult y con los planes que Napoleón, después de Beautzen en el armisticio de Pleiswitz, podía desarrollar para levantar su ejército de España? Y, sin embargo, no lo hizo y siguió el Sitio su marcha, con areglo al plan propuesto.
La posesión de San Sebastián era de gran importancia en los planes militares del generalísimo inglés. La posibilidad de que Napoleón pudiera reforzar considerablemente al Duque de Dalmacia, sin que estuviera definitiva y sólidamente apoyado en la nueva base de operaciones, le hacía desear ardientemente la posesión de esta Ciudad; y no hay modo alguno de compaginar ese deseo con el de su destrucción o, al menos, con la indiferencia de que fuera o no destruida. Esto está reñido con el modo de ser de Lord Wellington, cuya característica era proceder serenamente con cálculo frío y meditado. Veamos ahora el asunto desde el punto de vista táctico. Tomada al asalto la Ciudad, su guarnición se retiró al Monte Urgull; la situación de los asaltantes, dedicados al incendio y al saqueo, era desventajosísima y pudo ser crítica y peligrosa para los aliados. Teniendo en frente, y muy próximo, a un enemigo valiente y decidido, con un jefe enérgico y animoso, ocupando el monte como reducto de seguridad y última defensa; habían demostrado los franceses desde el comienzo del sitio que no se limitaban a una defensiva pasiva, sino que aprovechaban todas las ocasiones para las reacciones ofensivas; y si bien los aliados ocupaban en toda la calle del 31 de Agosto los edificios más sólidos de San Sebastián, el incendio y el desorden en su espalda los colocaba en situación tan desfavorable que seguramente el General Rey la hubiera aprovechado si la guarnición no hubiera estado quebrantadísima después de tanta lucha. 
Uno posición, una línea de combate, con un obstáculo insuperable a su espalda, o por lo menos, las ruinas y el desorden, era para la línea de combate a lo largo de la calle del 31 de Agosto un verdadero obstáculo, un foso de fuego que les aislaba de los suyos y los entregaba a sus propios esfuerzos ante un enemigo sumamente resuelto. 
Pudo ser muy crítica la situación de los aliados a consecuencia del incendio y saqueo; así lo temió Lord Wellington cuando el 20 de julio escribía desde Lesaca al General Graham: "... y como el enemigo tiene su retirada al Castillo asegurada, y el medio de hacer salidas como quiera, los oficiales y soldados deben estar advertidos especialmente del peligro que había de desparramarse por las calles para tratar de saquear". Y si así pensaba el Generalísimo antes del asalto del 25 de julio, es natural que se afirmase en el mismo pensamiento antes del asalto del 31 de agosto. 
Tanto desde el punto de visto estratégico como desde el táctico, el incendio y el saqueo de San Sebastián era inconveniente y peligroso para los aliados, y por tanto no puede admitirse que Lord Wellington ni los Generales y Oficiales le ordenasen ni consintiesen" (28). 
Una opinión tan autorizada en el caso se ve confirmada por el mismo Wellington al afirmar que las fuerzas inglesas fueron las primeras víctimas del incendio y uno de sus oficiales, John Jones, se expresa más concretamente cuando asegura que el fuego del incendio se opuso poderosamente a los progresos del ataque al Castillo (29).

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(28) ¿Quién prendió fuego a San Sebastián? Carta abierta a don Wenceslao Crbea, en El Pueblo Vasco, 30 de setiembre de 1913.
 (29) BRIALMONT: Histoire, t. II, pág. 149.

LOS RESPONSABLES DE LA DESTRUCCIÓN - ¿Celo comercial?

Otra opinión atribuye la destrucción de San Sebastián al celo comercial de los ingleses. Más que una justificación de la conducta vandálica de los aliados, se trata de una explicación y, si se quiere, hasta de una circunstancia agravante que, de ser cierta, implicaría alevosía y premeditación. La opinión era sostenida más bien en los sectores hostiles a Inglaterra y viene a constituir un elogio innegable a la prosperidad de nuestra Ciudad. 
En sus cartas y escritos de justificación, Wellington, después de prometer que todos los culpables serán castigados. se indigna de ver atacados "en infames libelos unos hombres valientes v llenos de honor, incapaces de quemar una ciudad para satisfacer. como se pretende, una venganza comercial o cualquier otra venganza" (25). 
Por lo que expresa el biógrafo belga Brialmont, con estas palabras el Duque hace alusión a una carta del Conde de Villa-Fnertes. jefe político de la provincia de Guipúzcoa, en la que Graham era tratado duramente y en la que se atribuía el incendio de la Ciudad a celos comerciales de Inglaterra, "disgustada de aue el comercio de San Sebastián se hacía con Francia, con exclusión de Inglaterra". 
Entre los españoles corría la sospecha de que los ingleses no desaprovechaban la oportunidad para destruir nuestra industria v arruinar nuestro comercio, si no podían cuando menos hacerse con el control de los núcleos comerciales. La destrucción innecesaria de la magnífica fábrica de porcelanas del Retiro por parte de los aliados y sus intentos de establecerse en la plaza de Cádiz, si no de ocuparla, se interpretaban en este sentido por no pocos españoles (26). Estas sospechas se vieron de nuevo alimentadas con la destrucción de San Sebastián y las acusaciones en este sentido volvieron a hacerse patentes. Así el Diario Crítico de Sevilla, por el Setabiense expresaba que la destrucción de la magnífica fábrica de Porcelanas del Retiro y el incendio y quema de San Sebastián, no puede borrarse de la memoria de los españoles (27).

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(25) Véase BRIALMONT: Histoire, t. II, pág. 150. Por otra parte escribe textualmente: "Era imposible restablecer el orden en medio de un vasto incendio cuando los dos tercios de los oficiales habían sido muertos o heridos (unos 170 sobre 250) y cuando cierto número de habitantes, tomando partido por los franceses, disparaba sobre las tropas". 
(26) Véase GÓMEZ IMAZ: Los periódicos, pág. 11.
(27) Ibidem, pág. 101. La inculpación de los ingleses fue repetida en los años sucesivos. Véase, por ejemplo: JUAN ANTONIO ZAMACOLA: Historia de las naciones bascas. Escrita en 1818, pág. 175.

LOS RESPONSABLES DE LA DESTRUCCIÓN - ¿Por colaboracionismo?

Una de las excusas o justificaciones que manejó el partido inglés fue la de que San Sebastián era una ciudad afrancesada que había colaborado con el enemigo y hasta se. había visto disparar a los donostiarras contra las tropas aliadas liberadoras. En la Representación del 5 de febrero a la Regencia la Ciudad se queja de que "algunos periódicos nacionales, mal instruidos sin duda, insultan nuestra desgracia, y los de Londres, en particular el "The Pilot", la atribuye a nuestros crímenes de lesa nación". En efecto, el despacho reproducido en el apéndice documental de este periódico inglés está lejos de ser un modelo de delicadeza hacia la "bellísima Ciudad", destruida por el fuego inglés. 
Los donostiarras tomaron muy en serio la acusación de crimen de lesa nación, de afrancesamiento, en otras palabras, y dedicaron la primera y la última parte del Manifiesto a demostrar su patriotismo y refutar la acusación de colaboracionismo. En resumen, las razones que exponen pueden reducirse a las siguientes: 
El comandante francés de la plaza tuvo que prohibir la salida de los habitantes, porque iban a dejar la plaza casi desierta por el ansia que sentían de liberación.
 Los donostiarras tuvieron que sufrir bajo amenaza de muerte duras requisas, contribuciones extraordinarias, prisiones y deportaciones. Por la desconfianza que sentían hacia ellos, los franceses Tes despojaron el 7 de julio no solamente de todas las armas, sin excepción del espadín más inútil, sino cuantas cuerdas, escalas, picas, palas, azadones y herramientas de carpintería pudieron hallar. 
La congoja que les invadió al ver frustrado el asalto de julio y la prolongación de la defensa sólo encontraban consuelo en el auxilio a los prisioneros y la atención a los heridos aliados, hasta el punto que por exceso de celo en este menester algunas personas fueron recluidas en el Castillo.
Las muestras que dieron de su exaltado amor al Rey y del alto desprecio al intruso cuando el 8 de julio de 1808 paseó por las caIles donostiarras hasta el punto que obligaron al sufrido José a manifestar a uno de los alcaldes la sorpresa que le habían causado. 
Todas estas razones expuestas más extensamente en el Manifiesto se ven confirmadas, al menos negativamente, en otras fuentes. Ciudades hubo en España que prestaron juramentos de fidelidad a José Bonaparte e hicieron manifestaciones públicas de adhesión. Ciudades hubo en España que le recibieron con relativo entusiasmo. Ciudades hubo en España que merecieron por parte de los franceses una exención temporal de impuestos. Pero nada de esto ocurrió en San Sebastián y su nombre no figura bajo ninguno de estos conceptos en la colección de "Le Moniteur Universal" como figura el de otras poblaciones. 
Conocemos bien, por ejemplo, la actitud ostensiblemente reservada del pueblo donostiarra ante la visita de José Bonaparte, que contrasta con el entusiasmo que días antes manifestó en el-recibimiento de Fernando VII. Los tamborileros tuvieron que retirarse avergonzádos de la Plaza Nueva antes de la hora fijada porque ni siquiera a una niña se vio bailar y los balcones se hallaban cerrados y desiertos igual que la Plaza. Cuando José paseó por el muelle por Kai-arriba las mujeres, vueltas de espalda, se decían unas otras: "Guk ez degu nai au, bost eta bi beardegu guk", refiriéndose Fernando VII que son cinco y dos. El mismo pretendiente no pudo menos de desahogarse con uno de los alcaldes a quien ma- nifestó: "un error no es delito, otra vez que vuelva a esta ciudad me recibirán mejor" (22).
Sin embargo a estas manifestaciones se opone una frase del co- mandante francés Belmas que afirma que los donostiarras "mostraban una devoción sin límites por los franceses" (23). Se sabe que en San Sebastián hubo bastantes suscriptores de la Enciclopedia, con- cretamente parece que fueron 16, y, además de haber en ella no pocos residentes de la nación vecina, no faltaban "guripleyadas" o afrancesados y, empleando una expresión moderna, hasta "colabo- racionistas", como los que ocuparon los puestos de autoridad du- rante la ocupación. Pero esto no era exclusivo de nuestra Ciudad, sino común a otras, y ellos pertenecían siempre a la minoría bur- guesa, mientras que el pueblo, en expresión de Soraluce, era archi- patriota. Mas los mismos afrancesados debieron cambiar de ideas o actuaron con prudencia, porque el Manifiesto expresa que en los cinco años de ocupación los oficiales franceses no lograron introdu- cirse en una sola casa decente. Esto último se ve confirmado por la carta del Mariscal Alava a San Sebastián, de que más arriba hemos hecho mención, en la que elogia los sentimientos patrióticos de la Ciudad y atestigua que el mismo Duque conoce esos sentimientos.
Más personal es la excusa que pretende Napier. El teniente coronel inglés, a pesar de su actitud despectiva hacia los españoles, tuvo suficiente honradez para condenar "las atrocidades que hubieran cubierto de vergüenza a los puęblos más bárbaros de la anti- güedad" que cometieron los aliados en San Sebastián, donde "la más espantosa, la más repugnante crueldad fueron a unirse a la momenclatura de todos los crímenes". Mas al militar inglés no se-le ocurre excusa más peregrina para justificar tales crímenes que el despecho producido a los aliados "la ingratitud y mala correspon- dencia española en Talavera, que hasta el fin de la guerra mantu- vieron una constante aversión y desprecio a los españoles". La excusa parece tan pueril que no merece la pena de refutarla y menos cuando en aquellos mismos tiempos no faltó quien refutase las teorías de este autor (24).

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(22)Sobre el recibimiento a José Bonaparte véase BALDOMERO ANABITARTE: Gestión del Municipio de San Sebastián en el siglo XIX (San Sebastián, 1903), pág. 25. 
(23) BELMAS: Journaux, pág. 594, citado por BRIALMONT: Histoire du Dис W'ellington, t. II, pág. 119. 
(24) José CANGA ARGÜELLES: Observaciones sobre la Historia de la Guerra de España, que escribe en inglés el teniente coronel Napier, publicadas en Londres, año de 1830, y reimpresas en virtud de orden de S. M., t. II (Madrid, 1835), págs. 276-8. 

LOS RESPONSABLES DE LA DESTRUCCIÓN - El Duende de los Cafés

Parece ser que el pueblo donostiarra se percató enseguida de la conspiración de silencio que se fraguó en torno a la destrucción de San Sebastián. Para empezar a poner remedio a las consecuencias del desastre era necesario y urgente crear en la nación una conciencia de la injusticia padecida y movilizar la opinión favorable de los elementos gubernamentales. La Ciudad enviaría seguramente, como resulta lógico suponerlo, algunos emisarios a Cádiz para dar cuenta de los hechos al Gobierno e interesar su co laboración en orden a poner remedio a los males padecidos. Estos mismos emisarios, acaso al darse cuenta de las dificultades de su misión, se sintieron en la necesidad de dar a conocer públicamente el desastre padecido por su pueblo. Dos razones impulsan concebir esta suposición: la primera que los artículos publicados en El Duende de los Cafés tienen el aire de estar redactados por testigos presenciales de los hechos por lo detallados que resultan y por la viveza de su descripción; la segunda, la afirmación de Sagasti en sus mencionadas cartas, concretamente en una del mes de diciembre, en la que refiere que acaba de llegar de Cádiz un amigo suyo, el cual le ha dicho que fue uno de los que hicieron publicar en El Duende las cartas referentes a nuestro asunto y cuenta las mil dificultades con que tropezaron ante varios periodistas españoles, que se negaban a publicarlas.
El primero de los artículos publicados por el periódico gaditano sobre el tema lleva el título de San Sebastián destruida. Carta del brujo Mirringui Velaverde. La carta, dirigida por el supuesto brujo a un tío suyo, fue publicada en el número correspondiente al 27 de setiembre, cuando las víctimas del horrible suceso no habían tenido tiempo de reaccionar más que con las reuniones de Zubieta, la redaçción de las actas correspondientes y el envío al Duque de Ciudad Rodrigo de dos de las cuatro representaciones que le dirigió la Ciudad. 
La carta, que por su indiscutible interés reproducimos en el apéndice documental, es tajante al juzgar las responsabilidades y al acusar a los culpables, cuyo castigo exige perentoriamente a Wellington. A pesar de reproducirla en el apéndice, no nos resistimos a transcribir la siguiente frase, que hirió de modo más vivo al embajador inglés y que, como veremos más abajo, fue objeto de su denuncia especial: "Discurimos sobre estos hechos, y nuestra imaginación se pierde en un abismo insondable... Entretanto no nos olvidamos del comercio que en tiempo de paz hacía S. Sebastián con la Francia, y que tanto perjudicaba al de Gran Bretaña.. Nos acordamos de que era una plaza marítima, y que con poco costo tendría un puesto muy regular baxo un gobierno sabio. Y no contribuye poco a estas claras observaciones la certidumbre de qut el general Graham, retirado a Oyarzun, no convidó a los pueblos inmediatos a que acudiesen a apagar el fuego de la ciudad hasta el quinto día, en que todo estaba reducido a cenizas".
La paladina y valiente denuncia del brujo Mirringui Velaverde provocó otra Carta que me envían del otro mundo, que venía a puntualizar más en llaga viva el problema de la responsabilidaa de los crímenes cometidos. Apareció en el número del mismo periódico correspondiente al 4 de octubre y, a diferencia de la primera, se atreve incluso a poner en tela de juicio la honorabilidad e inocencia de Lord Wellington. Su autor, que firma como "E guardián de la fragata Mercedes", no deja un cabo suelto en sus hipótesis. Si quienes incendiaron, saquearon y cometieron tantos crímenes en la ciudad de San Sebastián, fueron las tropas, ¿que castigos deben imponerles sus jefes y qué medidas deben tomar para indemnizar a los perjudicados? Si las tropas obraron en virtud de orden arbitraria de sus respectivos generales de división v sin la del jefe de los ejécitos, ¿no debían haber expiado ya su atroz delito en la horca? "¿Y si el general en jefe Lord Wellington dio la orden...?".
El autor de esta carta encuentra un método expeditivo para juzgar quién era el verdadero responsable: "Si Lord Wellington manda arcabucear a los generales que entraron a saco con sus divisiones, quemaron y destruyeron la ciudad de San Sebastián, tomándose el tiempo de cuatro o cinco días para hacerlo con toda comodidad, claro está que obraron por voluntad propia; pero si no vemos un castigo semejante, las indemnizaciones correspondientes una satisfacción pública a la nación, cual exige un acontecimiento tan cruel e infame, quedará probado a la faz del globo, que general en jefe dio la orden. ¿Y entonces?".
El supuesto marino firmante termina por hacer un acto de fe en que el Gobierno español tomará las providencias necesarias contra los culpables a fin de evitar los perjuicios que puedan originarse en caso contrario por la desconfianza y deseos de venganza de los españoles contra el inocente pueblo inglés.
Las sospechas sobre la posible implicación del Mariscal de hierro se hacen todavía más intensa en otra "Carta" que con la firma de Goiburu reproduce el mismo periódico el 6 de octubre. La audacia del firmante llega a pretender dar al generalísimo inglés una lección con el ejemplo de los grandes generales españoles у más concretamente con el del Duque de Alba cuando entró en Lisboa el año 1581. Naturalmente no se hizo esperar la reacción contra estas valientes manifestaciones del periódico gaditano. 
El número del 10 de octubre vuelve sobre el tema, desacreditando las "hablillas de algunos mamarrachos indignos del nombre de español" que consideraban más prudente no hablar del caso para no disgustar al gabinete británico y otros que acusaban al periódico de hacer injustas reflexiones contra las tropas británicas. Esto se refería a corrientes de opinión de los propios españoles, de los mismos, sin duda, de los que se queja el Manifiesto de la Ciudad de San Sebastián. Pero los ingleses no dejaron tampoco de reaccionar vivamente contra las duras acusaciones de El Duende. El primero en hacerlo parece que fue el comandante general de Ingenieros Mr. Smith.
 En la réplica del diario de Cádiz al Sr. Smith se reconoce que, en efecto, un asalto no deja de producir desastres, pero se duele de los desastres producidos después del asalto: "El señor Smith Ilama desgraciado a aquel pueblo, y yo le pregunto: ¿Se tenía por tal aquella ciudad el día que entraron las tropas aliadas en ella? No por cierto: se tuvo por muy dichosa al ver en su seno a sus libertadores: ya no temia los insultos, las atrocidades y los ultrages de los franceses: ya se creía segura y en disposición de respirar un aire libre, pues si tan feliz se consideró en aquel instante, ¿quién la hizo después desgraciada?": Para confírmar sus supuestos el autor del artículo inserta una carta, remitida desde Zarauz, de un testigo presencial y víctima de la innoble conducta de los soldados, cuya testificación puede verse, como los demás artículos publicados por este periódico, en el apéndice documental. 
En el número del 14 de octubre El Duende volvía sobre el tema reproduciendo un artículo publicado en el periódico coruñés El Ciu dadano por la Constitución. Se trata de una carta firmada por las iniciales I. M. C. y fechada en Hernani el 9 de setiembre, la cual termina con un soneto alusivo que el autor de la carta dice ser de un amigo suyo y el cual no está desprovisto ni de valor literario ni menos de valor histórico-sentimental.  
Irritado por esta serie.de acusaciones graves y duras, el embajador inglés denunció a la Junta de Regencia los artículos en cuestión como calumniosos a la nación británica, a sus generales y tropas. La Regencia, a través de la Secretaría de Estado, encargó a la Junta Provincial de Censura la calificación de dichos artículos el estudio de la denuncia. La sentencia resultó contraria a los deseos del embajador de Su Majestad Británica y la Junta justificó el celo patriótico que manifestaban los artículos denunciados. No obstante deja a salvo los derechos que correspondían al denunciante a demandar de calumnia al autor o autores de los escritos si es que en la narración de los hechos se hubiese incurrido en falsedad. Con ello parece que en lugar de arreglar las cosas según los deseos del embajador Wellesley y de su hermano el Duque de Hierro, las dejaba peor para los encartados. Sobra decir que El Duende, en su decidida actitud de inculpar a los aliados la destrucción de San Sebastián, no dejó de llevar a sus páginas la copia del acta de la Junta Provincial de Censura que publicó en el número del 19 de octubre. Con estas acusaciones y las correspondientes polémicas el tema de las responsabilidades de San Sebastián se hizo del dominio público. Ya no era posible negar los hechos, pero sí interpretarlos según las informaciones o presiones recibidas, o según el partido an- glófobo o anglófilo en que se militase. Tampoco faltaron, según Gómez de Arteche, españoles que, por envidia a la prosperidad del país vascongado y odio a su sistema foral en que creían se fundaba aquélla, adoptaron una actitud contraria a los intereses donostiarras (21). Fue en esas circunstancias cuando, a petición del Ayuntamiento donostiarra, se instruyó la Información que hemos mencionado y, en consecuencia, se publicó el Manifiesto. 
Cuando los ingleses y sus serviles, abrumados por la evidencia de los hechos, pretendieron buscar una explicación o una causa a los crímenes cometidos en nuestra ciudad, no se percataban acaso de que esa actitud suponía la aceptación implícita de que fueron ellos los autores de la desoladora calamidad de San Sebastián.

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(21) GÓMEZ DE ARTECHE: Ob. cit., págs. 310-11.

LOS RESPONSABLES DE LA DESTRUCCIÓN - Versión inglesa

Por lo menos a quien no está impuesto en la literatura de los partes de guerra, sorprende realmente que el general Graham se limite a dar cuenta a sus superiores de la toma de San Sebastián y no diga ni una palabra de la destrucción de la misma. Igualmente, las fuerzas inglesas que se encontraban en la frontera parece que se limitaron a tener noticia somera del éxito de sus tropas. Ai capitán Kincaid, al menos, no le llegó durante la noche más que la nueva escueta de la caída de la Ciudad y de la derrota en San Marcial de las fuerzas de Soult que pretendían auxiliar a la guarnición de ésta (17). Más sorprendente parece aún que en una carta privada de un militar inglés, que mi buen amigo D. Alvaro del Valle Lersundi ha tenido la gentileza de cederme, y que está fechada en San Sebastián por un tal William Dent el 9 de setiembre, dando noticias de la toma de la Ciudad, no se diga nada de la destrucción de la misma (18). 
Se diría de que en las filas inglesas hubo consigna, más o menos explícita, de guardar silencio sobre este asunto. En opinión de Soraluce, los británicos y los serviles a ellos trataban con saña de ahogar los gritos de angustia de los donostiarras (19). Pero por fin un periódico de Cádiz, sede de la Regencia y de las Cortes, tuvo el valor y la entereza de desafiar la presencia del embajador inglés Wellesley, hermano precisamente del generalísimo, con una serie de artículos, muy bien escritos y sentidos. En ellos se protestaba del inicuo atentado que cometieron los ingleses incendiando y saqueando la desgraciada ciudad de San Sebastián. Tales artículos irritaron altamente al Duque. El periódico, de ideas liberales exaltadas, era diario y se titulaba El Duente de los Cafés, cuvo primer número salió a la luz el 1.0 de agosto de 1813 y tuvo vida hasta el 14 de mayo de 1814. El Duende resultó audaz, y en el número 75 volvió a publicar un curioso artículo sobre el mismo asunto, copiado del número 156 del periódico El Ciudadano por la Constitución, que se publicaba en La Coruña (20).

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(17) KINCAID, SIR JOHN: Adventures in the Rifle Brigade in the Peninsula, France and the Netherlands (Edinburgh, 1892), pág. 39. 
(18) Véase el apéndice. 
(19) SORALUCE: Art. cit., pág. 374. 
(20) MANUEL GÓMEZ IMAZ: Los periódicos durante la Guerra de la Independencia (1808-1814) (Madrid, 1910), págs. 127-130. En el apéndice documental ofrecemos la transcripción de los citados artículos. Precisamente en Cádiz se había celebrado. con gran solemnidad la toma de San Sebastián. El Diario de las Cortes señala los cerrados aplausos que produjo en los parlamentarios. Hubo salva de artillería en la plaza y en la escuadra: Gazeta de Madrid, 21 de setiembre, y se' imprimió un edicto invitando al vecindario a un Te-Deum y a los festejos: Estado Mayor del Ejército, Colección documental del fraile, t. IV( Madrid, 1950), pág. 82.

LOS RESPONSABLES DE LA DESTRUCCIÓN - Versión francesa

La versión francesa de los hechos es unánime en atribuir a los aliados toda la responsabilidad de la tragedia donostiarra y "Le Moniteur Universel", periódico oficial del Gobierno, se apresuró a publicar en su número del 29 de marzo el Manifiesto del 16 de enero, como prueba de la crueldad y ferocidad de los aliados. El comandante Clerc no vacila en hablar de degüello de la Ciudad: "La ville avait été égorgée et brûlée par ses alliés" (15). A su vez, otro testigo militar exclamaba: "¿Hace falta decir que los españoles imputan a los ingleses el haber puesto fuego a la ciudad de San Sebastián, después de la rendición de la plaza, y de haberse entregado en ella a los mayores excesos? ¿Hace falta decir que, por esta acción indigna de un aliado, los ingleses han herido pro- fundamente a los habitantes de Guipúzcoa en sus intereses más queridos y aún más en su amor propio? Ya se sabe que no hay pueblo más sensible al ultraje que el pueblo español, y que conserva todavía algunos rasgos de aquel orgullo caballeresco que le supieron imprimir el Cid y el Gran Capitán" (16).

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(15) COMMANDANT CLERC: Campagne du Maréchal Soult dans les Pyrénées occidentales en 1813-1814 (París, 1894), pág. 82. 
(16) JOSEPH PELLOT: Mémoire sur la campagne de l'Armée française dite des Pyrénées, en 1813 et 1814 (Bayonne, 1818), pág. 60.

LOS RESPONSABLES DE LA DESTRUCCIÓN - Fueron los aliados

Los donostiarras que vivieron la tragedia no muestran la menor vacilación en atribuir la responsabilidad del incendio y saqueo de la Ciudad a las tropas anglo-portuguesas. Las actas de las tres Juntas de Zubieta, celebradas el 8 y 9 de setiembre, cuando todavía estaba vivo el fuego, constituyen los primeros de una serie de documentos públicos en los que con palabras que reflejan el más trágico sentimiento, cargan a los aliados toda la responsabilidad del incendio y saqueo de San Sebastián. A estos documentos siguen otros muchos, entre los que cabe destacar el recurrido Manifiesto del 16 de enero de 1814, con un Suplemento del 16 de febrero; las Representaciones elevadas por el Ayuntamiento al Duque de Ciudad Rodrigo, fechada la primera en Zubieta el 8 de setiembre y la cuarta el 2 de noviembre; Información instruida a petición del Ayuntamiento ante el Juez de Primera Instancia sobre 79 testigos acerca de la conducta observada por las tropas aliadas el día del asalto (octubre de 1813), y tres Representaciones del Ayuntamiento Constitucional a la Regencia del Reino (14).
Es difícil resumir estos documentos y testificaciones en pocas líneas. Al instante que penetraron en la plaza y antes de desocuparla los franceses, empezaron los aliados a forzar puertas y saquear las casas. Los instintos animales de la soldadesca se descargaron sobre las mujeres de toda condición y edad, y en muchos casos, una vez saciado el apetito, maltrataban a muerte a las infelices violadas. Al caer la noche aumentó el desorden y el lúgubre resplandor de las llamas iluminaba la sombra de quienes, es- pantados, huían de la ferocidad de los aliados y de sus disparos para salvar la vida. Al amanecer del día 1.° de setiembre se autorizó la salida de la población y se vio salir a personas medio desnudas y muchas heridas, de suerte que la Ciudad quedó casi vacía de sus habitantes desde el día 2. Ingleses y portugueses fueron vistos poner fuego de intento a varias casas con cartuchos y mixtos, empezando por la de Soto, en una de las cuatro esquinas de la calle Mayor. El pillaje y saqueo duró hasta el día 7, mientras hubo efectos que robar, y participaron en ello no sólo las tropas que entraron al asalto, sino también otras que vinieron sin fusiles desde los campamentos de Astigarraga y aun las tripulaciones de los transportes ingleses surtos en el puerto de Pasajes. En una palabra, la más apocalíptica tragedia se cernió sobre San Sebastián a la entrada de los aliados.
Pero en esta tragedia se daba una circunstancia muy peculiar que las víctimas hacían notar en la Representación a la Regencia del Reino del 20 de febrero: "El Ayuntamiento se ve obligado a hacer presente a V. A., que el caso de. San Sebastián y sus .circunstancias son de un carácter enteramente distinto del de las demás ciudades destruidas en la presente guerra y aun en las de los tiempos más remotos. El caso de San Sebastián es el primero, tal vez, de que hay memoria en su especie. La suerte de esta ciudad es igual en lo trágica a la de otras varias, pero incomparablemente más dolorosa, porque el origen de que procede no la permite aspirar a la gloria de la inmortalidad -Numancia y Sagunto, en los tiempos antiguos, llenaron de asombro a sus enemigos, y en la guerra actual, Molina, Manresa y otras ciudades de la Península han dado a los satélites del tirano una prueba nada equívoca de que los españoles de estos tiempos conservan las heroicas virtudes heredadas de sus mayores-. Muy lastimosa es, sin duda, la desgracia de unos pueblos tan beneméritos, pero muy envidiable la memoria de su energía en la posteridad. Pero la infeliz ciudad de San Sebastián, destruida por la inhumanidad de nuestros aliados mismos, sumergida por su insensibilidad en un caos de calamidades, insultada por ellos en su honor, precisada a luchar contra su obstinación en negar los hechos más notorios, ¿qué consuelo puede esperar para el alivio de tan graves males?".

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(14) B. ANABITARTE: Ob. cit., págs. 244-322. 

LOS RESPONSABLES DE LA DESTRUCCIÓN - El rayo de la guerra

Don Wenceslao Orbea, diputado a la sazón, en un artículo  que publicó en "El Pueblo Vasco" con motivo del Centenario, parece inclinarse a atribuir la destrucción de San Sebastián  a lo que él llama el rayo de la guerra: "Accidente de la guerra fue la quema de sesenta casas durante el sitio, a causa del fuego de las baterías, y la intensidad del bombardeo el día del asalto y los precedentes, dirigido principalmente a la cortina entre los cubos de Amezqueta y Hornos, pero sin excluir el casco de la Ciudad, la explosión de los almacenes de pólvora que tantos estragos produjo, desconcertando a los defensores, la heroica resistencia y la lucha en las calles y todo el conjunto de la sangrienta jornada, mueven a creer admisible la idea de que entre el asalto, la ocupación de la ciudad y el comienzo del incendio, no hubo lapso de cinco horas, y por el contrario, que posible es que los hechos contestes de la tragedia de que fue víctima San Sebastián estén enlazados entre sí, sin solución de continuidad" (13)

Nadie podía pretender que la liberación de San Sebastián, ocupada por las tropas invasoras, que oponían una tenaz y heroica resistencia, se convirtiese en una operación de cubo y escoba. Aunque manejado por los hombres, el rayo de la guerra se encabrita con frecuencia y escapa hasta cierta medida al control de la mano militar, que lo quiere conducir. Por eso no tiene sentido insistir demasiado de nuestra parte en los daños e incendios que produjeron las baterías, porque un experto podría contestar que fueron exigencia de la guerra, con lo que nos quedaría el consuelo de condenar la guerra; pero quedaríamos inermes, si se nos permite el vocablo bélico, para condenar sus consecuencias. Mas en nuestro caso aparece una intención deliberada de los hombres en la propagación del fuego y en estorbar su extinción.

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(13) El Pueblo Vasco, 27 octubre de 1913.

¿QUIÉN DESTRUYÓ SAN SEBASTIÁN? - JUAN BAUTISTA OLAECHEA

LOS RESPONSABLES DE LA DESTRUCCIÓN - ¿Fueron los franceses?

La versión de que fueron los franceses los responsables del incendio de San Sebastián partió de fuente inglesa y más concretamente del mismo Wellington, duque de Ciudad Rodrigo, con el indudable propósito de exculpar de tamaña responsabilidad a su propia gente. Tan pronto como se difundió por España la noticia de aquella horrible devastación, la opinión pública, así en las conversaciones como en periódicos que entonces veían la luz, culpó de ta abominables excesos a las mismas tropas anglo-portuguesas que habían entrado en la ciudad como libertadoras, y no eximía de culpa y de responsabilidad al general inglés que las mandaba. La Regencia del reino, movida por este universal clamor, al cual no podía ser indiferente, se dirigió por medio del ministro de la Guerra al mismo duque de Ciudad Rodrigo para que le informase sobre el particular. El generalísimo contestó remitiéndose a lo que, como súbdito de Gran Bretaña, informaba el embajador de su nación, con quien la Regencia debía entenderse.

Como era natural, lord Wellington trató de justificar en este informe a sir Thomas Graham y a sus oficiales de la inculpación de incendiarios que se les hacía, y del designio que se les atribuía de querer vengarse de la población donostiarra por su comercio con los franceses en perjuicio de los intereses de la Gran Bretaña. Aseguraba haber hecho lo posible por conservar la ciudad, negándose a bombardearla como le proponían. Afirmaba que el 30 de Agosto, cuando él estuvo en el sitio, ardía ya la ciudad, y que era preciso que el fuego lo hubiese puesto el enemigo: que en las calles había sido terrible el choque entre los sitiados y la guarnición , y que habían hecho explosión muchos combustibles atravesados en ellas, ocasionando la muerte de muchas personas y el incendio de varios edificios. Que se había hecho lo posible por las tropas británicas para apagar el fuego; y por último, que en el parte del general Rey al gobierno francés se decía que, cuando comenzó el asalto, ardía la ciudad en seis parajes distintos, lo que probaba que no había sido puesto el fuego por los soldados por los soldados ingleses.
Tanta importancia dio la Regencia a esta exposión del duque de Ciudad Rodrigo, y tanta necesidad veía de aplacar los ánimos irritados, que la hizo publicar por suplemento extraordinario a la Gaceta de Madrid (5). El duque de Ciudad Rodrigo se atreve incluso a inculpar a los franceses en el despacho que dirigió a la ciudad de San Sebastián con fecha de 2 de noviembre de 1813: "El curso de las operaciones de la guerra hizo necesario el que la expresada plaza fuese atacada para echar al enemigo del territorio español; fue para mi un asunto del mayor sentimiento el ver que el enemigo la destruyó por su antojo" (6). 
Un soldado tan distinguido y nuestro como el mariscal Miguel de Alava, quizás el único general español que en aquellas fechas mantenía relaciones cordiales con Wellington, escribía también desde el cuartel general de Lesaca a San Sebastián diciendo que había creído conveniente no dar curso al oficio que le remitió la Ciudad para el Duque de Ciudad Rodrigo: "Primero porque está fundada bajo un supuesto falso, pues que los ingleses no pueden haber tirado bombas respecto de no tener mortero alguno; y si han tirado alguna granada, habrá sido meramente a la muralla y no haber podido causar daño alguno a la ciudad. Así se ha practicado en Badajoz y Ciudad Rodrigo y así se practica siempre por el Lord en cuantas plazas españolas y portuguesas ha sitiado hasta aquí (nota al margen de otra letra: "menos en San Sebastián que todo, todo lo vimos") y no hay razón alguna que haya podido hacer variar a S. E. de esta conducta tratándose de una ciudad tan benemérita como esa y cuyo mérito lo sabe tan bien como yo. El fuego que ha destruido las casas que se hallan al frente de la Brecha fue puesto por los enemigos con el fin de defenderla como se acostumbra en tales casos, según lo exigen las reglas del arte en tales оcasiones; así que no puede imputarse a los ingleses este desgraciado acontecimiento" (7).
Sin embargo, la imputación contra los franceses no resiste a una crítica imparcial de las fuentes por las que conocemos estos acontecimientos; y la Ciudad donostiarra y la opinión pública de toda la nación no hizo juego a estas aseveraciones, que por otra parte envuelven errores de bulto. No es exacta la afirmación que sugiere Wellington de que la lucha fue terrible en las calles. Iniciado el ataque una hora antes de la bajamar, a las once de la mañana de aquel triste día del 31 de agosto, a las dos las tropas aliadas se hallaban en un situación muy comprometida, comenzando ya el reflujo, sin haber alcanzado ningún objetivo firme y habiendo sufrido grandes pérdidas. Entonces ocurrió el accidente fortuito de la explosión de un pequeño depósito de municiones situado a las espaldas de los defensores, a la que siguió la voladura de otros repuestos. El accidente produjo muchas bajas en los soldados de la guarnición y sobre todo sembró entre ellos la confusión, lo cual fue aprovechado por los escoceses del coronel Barnes para ganar los primeros traveses y a través del cubo Imperial escurrirse hasta la Plaza Vieja. Entonces el comandante francés de la plaza, General Rey, que tan heroica resistencia había ofrecido hasta el momento, dio la señal de retirada al Castillo aprovechando las empalizadas y defensas emplazadas en las calles solamente para proteger la retirada, puesto que no era posible prolongar la resistencia en ellas contra un enemigo tres o cuatro veces superior en número. U'na hora después, a las tres de la tarde, la fortaleza del Castillo había cerrado su puertas y unos setecientos soldados que no lograron alcanzarlas para entonces cayeron prisioneros en vista de una resistencia inútil. En contra de la afirmación del Duque, todas las fuentes están de acuerdo en que la resistencia francesa en las calles no duró más que una hora y sólo hubo un tiroteo de  cierta consideración en el atrio de Santa María. Por ahorrar las citas, mencionaremos la más cualificada de ellas en el caso, cual es el parte oficial del general inglés Graham (8). 
La afirmación del generalísimo inglés de que el día 30 ardía ya la Ciudad y que el general Rey comunicaba a su gobierno que cuando comenzó el asalto había fuego en seis parajes distintos, no puede ser confirmada por el parte de este último, pues probablemente duerme todavía en el archivo del Ministerio de Guerra francés. La noticia es verosímil y hasta podríamos considerarla cierta por razón de analogía, si no estuviese en contra la afirmación del Manifiesto del Ayuntamiento donostiarra, que dice textualmente que "desde el 23 de julio hasta el 29 se quemaron y destruyeron por las baterías de los aliados 63 casas en el barrio cercano a la Brecha; pero ese fuego se cortó y extinguió enteramente el 29 de julio por las activas disposiciones del Ayuntamiento, y no hubo después fuego alguno en el cuerpo de la Ciudad hasta la tardeada del 31 de agosto después que entraron los aliados". 
Dos cartas del general Rey al ministro de Guerra de fecha de 26 y 27 de julio hablan de esto último, y la primera se refiere al incendio con las siguentes frases que traduzco: "El enemigo ha disparado durante todo el día gran cantidad de proyectiles de espoleta retardada (boulet creux) y no ha arrojado más que algunos obuses sobre las casas incendiadas... La mitad de la Ciudad está totalmente destruida por el fuego y la mayor parte de las casas restantes se hallan dañadas; no se ha podido todavía llegar a detener el incendio; si el viento llegase a aumentar, el resto de la Ciudad estaría perdido". 
En la segunda carta del 27 de julio escribe: "Esta Ciudad merecería mejor suerte; habiendo aumentado el viento, hacemos todos nuestros esfuerzos para disminuir su efecto y detener el incendio" (9).
Por el Manifiesto sabemos que el 29 se logró extinguir el fuego; pero si éste era producido por las baterías aliadas, es poco probable que más o menos esporádicamente no volviera a producirse. Y parece que se produjo, pues la afirmación de Wellington es comprobada, fuera de toda intención, por un oficial inglés otro francés, presentes en el sitio, John Jones y el mayor Belmas, cual último escribe: "el 26 el fuego prendió de nuevo en varios lugares de la Ciudad" (10).  
Realmènte desconcierta esta contradicción entre el Manifiesto y las otras fuentes aportadas. Aplicando los principios de la metodología histórica, habría que dar más crédito al parte del general Rey y a la afirmación del mayor Belmas que a los otros testimonios, pues el hecho que constatan ni les favorece ni les perjudicа. Pero la aceptación de esta hipótesis violenta los sentimientos casi filiales hacia los 149 prohombres donostiarras que al frente de sus autoridades civiles y eclesiásticas redactaron y firmaron el Manifiesto. En todo caso no cabe ser demasiado severos hacia unos hombres terriblemente castigados por el golpe de la fortuna que, para confirmar una verdad general, no cuidan de la exactitud de un detalle particular. 
En cuanto a lą nota del mariscal Alava, la afirmación más destacada de ella es que niega la responsabilidad inglesa o aliada en el incendio de San Sebastián por el supuesto de que ellos no pudieron haber tirado bombas sobre la Ciudad respecto de no tener mortero alguno, sino en todo caso alguna granada y solamente a la muralla. Pero el supuesto del mariscal vitoriano es totalmente gratuito у falso, ya que en San Sebastián, a diferencia de otros sitios, se emplearon con toda seguridad morteros. He consultado con un experto sobre el sentido de la frase del general Rey en la que refiriéndose al enemigo dice: "il a tiré dans la journée une grande quantité de boulets creux; il n'a jeté que quelques obus sur les maisons incendiées", y me ha manifestado la opinión de que la palabra obús viene a significar proyectil de mortero. Pero no es en esta opinión donde se apoya la certeza del aserto, sino en numerosos testimonios fidedignos. De las 212 piezas de artillería que emplearon los aliados en el asedio, 16 eran morteros de 10 pulgadas, y otro, éste español, de 12 pulgadas. Estos morteros con otras piezas fueron desembarcados en Pasajes, donde llegaron 22 barcos con hombres y material de guerra para el asalto, v casualmente en el desembarco cayó al agua otro mortero más que no se pudo recuperar (11). 
En unas curiosas cartas del prócer donostiarra José Ignacio de Sagasti a un amigo, y que Soraluce publicó en el Boletín de la Real Academia de la Historia en 1897, se refieren interesantes y curiosos datos sobre los sucesos que comentamos. En la carta del 23 de agosto, fechada en Usúrbil, afirma que en el casco, sin contar los barrios de San Martín y San Bartolomé, hay 80 y tantas casas por tierra. "Una casa inmediata a la mía ha sido quemada por una bomba" (12). Con este testimonio se puede más que poner en duda las intenciones angelicales que Alava atribuye a los ingleses, que no arrojaban bombas más que a las murallas.

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(5) MODESTO LAFUENTE: Historia General de España, t. XXV (Madrid, 1861), págs. 503-504. Véase este "Artículo de Oficio", publicado en la Gazeta del 4 de noviembre, en el apéndice documental. (6) La mayor parte de estos documentos fueron recopilados por el archivero D. BALDOMERO ANABITARTE y publicados con el siguiente título: Colección de Documentos históricos del Archivo Municipal de la M. N. y M. L. Ciudad de San Sebastián, publicado (sic) a expensas del Excmo. Ayuntamiento de la misma por acuerdo de 22 de enero de 1895. Años 1200-1813 (San Sebastián, 1895). El citado documento en la pág. 290.
(7) MIGUEL ARTOLA: Historia de la reconstrucción de San Sebastián. Ediciones del Excmo. Ayuntamiento de la Ciudad de San Sebastián (San Sebastián, 1963), pág. 76.
(8) OLAVIDE-ALVARELLOS-VIGÓN: Ob. cit., pág. 356. 
(9) Véanse las dos cartas en el apéndice. y (10) "Le 26, le feu prit de nouveau á la ville en plusieurs endroits": MAJOR BELMAS: Journaux des siéges faits et soutenus par les Français dans la Peninsule (París, 1836), pág. 634, citado por A. BRIALMONT: Histoire du Duc de Wellington, t. III (Bruselas, 1859), pág. 149.
(11) OLAVIDE-ALBARELLOS-VIGÓN: Ob. cit., pág. 340.
(12) PEDRO M. DE SORALUCE: Cartas inéditas referentes al sitio, bombardeo y destrucción de San Sebastián, en "Boletín de la Real Academia de la Historia", 31 (1897), pág. 361. 

LOS RESPONSABLES DE LA DESTRUCCIÓN - Clamor por la justicia

La catástrofe de aquella "noche triste" de la historia donostiarra y días sucesivos fue de tal envergadura que hizo exclamar en sus Memorias a un teniente coronel inglés, testigo presencial de los hechos, que nunca en los anales de la guerra hubo un caso de más completa aniquilación que el de San Sebastián (1). Un hecho semejante tuvo que suscitar necesariamente el deseo de exigir responsabilidades a los culpables. Esto es natural que ocurra en cualquier espíritu ecuánime y celoso por la justicia, pero se explica que el clamor por la justicia adquiriese caracteres pasionales en las víctimas que padecieron en su propia carne desnuda los horrores del desastre y, lo que todavía es peor, vieron sufrir, padecer afrentas y morir a los seres queridos.

Pero, ¿quiénes fueron los culpables? Dicho en otras palabras ¿existía la posibilidad de pedir cuentas a las personas responsables?

La cuestión fue debatida desde los primeros momentos en que ocurrió el desastre, tanto en el cruce de documentos como en libros, en folletos y libelos como en los periódicos, y posteriormente ha saltado también en algunas ocasiones a las columnas de la prensa diaria.

Las opiniones al respecto admiten todas las hipótesis posibles:

I. Fueron los franceses
II. Fueron los ingleses.
III. Fue el rayo de la guerra.

No cabe la posibilidad de otra hipótesis, pues, como ya es conocido, las tropas españolas no tomaron parte ni en el asedio ni en el asalto de la Ciudad. Es verdad que el ejército español del general Mendizábal, en el que se integraban tres batallones guipuzcoanos, al perseguir a Foy después del combate de Tolosa, atacó el primero el 29 de junio la posición de San Bartolomé, donde fue rechazado por los franceses. En los días siguientes ocuparon Pasajes, haciendo prisionera a su guarnición de 130 hombres, y Guetaria, que evacuaron los franceses volando el polvorín. Pero Mendizábal, sin recursos suficientes de artillería para un asalto, se conformó con romper el acueducto que abastecía a la guarnición de un elemento tan esencial como el agua, y fue a reunirse con las demás tropas españolas en la frontera, dejando libre el campo del sitio  al ejército anglo-portugués, que lo ocupó el 10 de julio con las fuerzas que mandaba el general Graham (2). Si las cosas no hubieran ocurrido así y el asalto hubiera sido realizado por los españoles, seguramente el destino de San Sebastián habría corrido otra suerte, entre otras razones porque Mendizábal era partidario de atacar directamente el Castillo a través de sus laderas posteriores, con lo que las fuerzas francesas que guardaban las murallas hubiesen quedado desguarnecidas.
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(3) LEITH HAY: A narrative of the Peninsular War, citado por OLAVIDE-ALVARELLOS-VIGÓN: San Sebastián, Historia de sus fortificaciones. Siglos XVI y XVIII. EI sitio de 1813. Ediciones del Excmo. Ayuntamiento de la Ciudad San Sebastián (San Sebastián, 1963).
(4) JosÉ GÓMEZ ARTECHE: Guerra de la Independencia. Historia militar España de 1808 a 1814, t. XIII (Madrid, 1902), págs. 257-8. de 

¿QUIÉN DESTRUYÓ SAN SEBASTIÁN? - JUAN BAUTISTA OLAECHEA

LOS RESPONSABLES DE LA DESTRUCCIÓN

LOS RESPONSABLES DE LA DESTRUCCION La Gaceta de Madrid del 9 de septiembre de 1813 publicaba escuetamente la siguiente noticia: "La desgraciada ciudad de San Sebastián padeció extraordinariamente: la mayor parte de ella fue saqueada y entregada a las llamas" (1). La noticia pareció, sin duda, demasiado escueta a los redactores del diario oficial y se sintieron obligados unos días más tardes a ampliarla con una larga nota fechada en Madrid el 13 de septiembre, que, sin embargo, venía a poner sordina a posibles clamores que se podían levantar en petición de justo castigo de los responsables. La nota, aparecida en el número correspondiente al 14 del mismo mes, confesaba que, de copiar las noticias recibidas sobre los sucesos de la toma de la plaza de San Sebastián, presentaría un cuadro de horror; pero manifiesta que se limita a extractar aquello que pueda hacer formar opinión, no sobre quiénes fueron responsables dei desastre, sino sobre la clase de guerra en la que los españoles estaban comprometidos. Viene a explicar luego la destrucción de la ciudad por el hecho de que casi no hubiese espacio que no estuviera minado y, aunque reconoce que los soldados se desmandaron, escribe que el frenesí de una tropa acalorada y ciega de furor contra el enemigo era inevitable en aquel momento. Declara luego que muchos de los delincuentes han pagado ya sus excesos en un suplicio: 50 han sido fusilados y 9 ahorcados!!! Pero la frase más notable de la nota merece transcripción textual y línea aparte:
"De S. Sebastián no quedará sino la memoria de donde estuvo situada". Ante esta profecía inserta en la Gaceta oficial, se nos ocurre preguntar qué hacían José María Soroa, José Ignacio de Sagasti, Joaquín Luis de Berminghan y otros próceres donostiarras que seis días antes habían tomado en Zubieta el acuerdo de reedificar la ciudad. Si su inconsciencia no era muy grande, aquellos hombres tenían un amor extraordinario a la ciudad y un coraje fuera de lo común. En resumen, la Gaceta produce la impresión de querer echar tierra al tema de las responsabilidades de la destrucción de San Sebastián y de su saqueo, presentándolos como un tributo debido al rayo de la guerra, sin que pudiera evitarse que unas decenas de soldados, enfurecidos como toros de lidia al ver correr abundantemente la sangre de sus compañeros, cometieran algunos excesos los cuales, afirma falsamente, habían sido castigados con la muerte (2). Esta nota tuvo que herir profundamente a los donostiarras, que habían visto arrasados sus hogares y la ciudad. Por otra parte, quiere justificar los desmanes de la soldadesca como producto del furor contra el enemigo. Esto puede ser la explicación de que los donostiarras insistan sobre el contraste del trato dado a los france. ses y a los vecinos donostiarras. Los numerosos documentos publicados por la ciudad de San Sebastián señalan con insistencia el contraste de la acogida que al entrar en la plaza dispensaron las tropas aliadas a los soldados fran ceses cogidos prisioneros, a quienes recibieron con la mayor huma nidad, y a la indefensa e inocente población civil, a la que acogie ron como si se tratase de verdaderos enemigos.
No hemos de ocultar que semejante insistencia producía en nos otros cierta turbación, pues a primera vista causa la impresión que los donostiarras estaban deseando que se pasase a cuchillo o poco menos a los vencidos. Pero indudablemente estos documentos no pretenden otra cosa que hacer resaltar la inconsecuente e injus. ta conducta de los asaltantes con respecto a la población donostiarra. Y no estaba de más señalar este contraste cuando, quizás como impresión de un sentir bastante general, la Gaceta de Madrid del 7 de septiembre, en noticias datadas el 30 de agosto, señalaba que la defensa de los franceses en San Sebastián era tan obstinada como grande el peligro que corría su desesperada guarnición; y en una nota al pie de página decía textualmente: "La heróica defensa de los españoles en Tarragona fue objeto de las discusiones de varios generales franceses: los más opinaban que debían' ser pasados a cuchillo los defensores de aquella plaza por no haber querido capitular quando los sitiadores tenían ya abierta y accesible la brecha; y baxo este principio aplaudieron y apoyaron los horrores cometidos por el sanguinario Suchet. ¿Quál deberá ser pues la suerte de los defensores de S. Sebastián? Ellos son responsables de las infelices víctimas que sacrifica su obstinación; y Lord Wellington sería demasiado generoso si perdonase unas vidas que tantas vidas cuestan". 
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(1) La noticia de la toma de San Sebastián se dio en la Gazeta extraordinaria del 7 de setiembre de la siguiente manera: "Mientras las armas españolas se inmortalizaban en la parte de Irún, los aliados derramaron su preciosa sangre en el asalto de la plaza de San Sebastián. Aunque su pérdida en estos últimos momentos fue grande, reduxeron el número de los enemigos a solos 300 hombres, los que se vieron precisados a capitular el día 3 (sic), después de haber perdido todas las esperanzas de ser socorridos".
(2) Véase la nota reproducida en el apéndice documental. Respecto al pretendido castigo de los culpables hay que negar tal hecho, no sólo por un silencio total de las fuentes que debieran haber hablado del mismo, sino porque esta afirmación de la Gaceta fue desmentida expresamente. Véase en el apéndice documental la carta escrita desde Zarauz, inserta en el artículo de El Duende los Cafés del 10 de octubre.