jueves, 12 de septiembre de 2013

LOS RESPONSABLES DE LA DESTRUCCIÓN - El Duende de los Cafés

Parece ser que el pueblo donostiarra se percató enseguida de la conspiración de silencio que se fraguó en torno a la destrucción de San Sebastián. Para empezar a poner remedio a las consecuencias del desastre era necesario y urgente crear en la nación una conciencia de la injusticia padecida y movilizar la opinión favorable de los elementos gubernamentales. La Ciudad enviaría seguramente, como resulta lógico suponerlo, algunos emisarios a Cádiz para dar cuenta de los hechos al Gobierno e interesar su co laboración en orden a poner remedio a los males padecidos. Estos mismos emisarios, acaso al darse cuenta de las dificultades de su misión, se sintieron en la necesidad de dar a conocer públicamente el desastre padecido por su pueblo. Dos razones impulsan concebir esta suposición: la primera que los artículos publicados en El Duende de los Cafés tienen el aire de estar redactados por testigos presenciales de los hechos por lo detallados que resultan y por la viveza de su descripción; la segunda, la afirmación de Sagasti en sus mencionadas cartas, concretamente en una del mes de diciembre, en la que refiere que acaba de llegar de Cádiz un amigo suyo, el cual le ha dicho que fue uno de los que hicieron publicar en El Duende las cartas referentes a nuestro asunto y cuenta las mil dificultades con que tropezaron ante varios periodistas españoles, que se negaban a publicarlas.
El primero de los artículos publicados por el periódico gaditano sobre el tema lleva el título de San Sebastián destruida. Carta del brujo Mirringui Velaverde. La carta, dirigida por el supuesto brujo a un tío suyo, fue publicada en el número correspondiente al 27 de setiembre, cuando las víctimas del horrible suceso no habían tenido tiempo de reaccionar más que con las reuniones de Zubieta, la redaçción de las actas correspondientes y el envío al Duque de Ciudad Rodrigo de dos de las cuatro representaciones que le dirigió la Ciudad. 
La carta, que por su indiscutible interés reproducimos en el apéndice documental, es tajante al juzgar las responsabilidades y al acusar a los culpables, cuyo castigo exige perentoriamente a Wellington. A pesar de reproducirla en el apéndice, no nos resistimos a transcribir la siguiente frase, que hirió de modo más vivo al embajador inglés y que, como veremos más abajo, fue objeto de su denuncia especial: "Discurimos sobre estos hechos, y nuestra imaginación se pierde en un abismo insondable... Entretanto no nos olvidamos del comercio que en tiempo de paz hacía S. Sebastián con la Francia, y que tanto perjudicaba al de Gran Bretaña.. Nos acordamos de que era una plaza marítima, y que con poco costo tendría un puesto muy regular baxo un gobierno sabio. Y no contribuye poco a estas claras observaciones la certidumbre de qut el general Graham, retirado a Oyarzun, no convidó a los pueblos inmediatos a que acudiesen a apagar el fuego de la ciudad hasta el quinto día, en que todo estaba reducido a cenizas".
La paladina y valiente denuncia del brujo Mirringui Velaverde provocó otra Carta que me envían del otro mundo, que venía a puntualizar más en llaga viva el problema de la responsabilidaa de los crímenes cometidos. Apareció en el número del mismo periódico correspondiente al 4 de octubre y, a diferencia de la primera, se atreve incluso a poner en tela de juicio la honorabilidad e inocencia de Lord Wellington. Su autor, que firma como "E guardián de la fragata Mercedes", no deja un cabo suelto en sus hipótesis. Si quienes incendiaron, saquearon y cometieron tantos crímenes en la ciudad de San Sebastián, fueron las tropas, ¿que castigos deben imponerles sus jefes y qué medidas deben tomar para indemnizar a los perjudicados? Si las tropas obraron en virtud de orden arbitraria de sus respectivos generales de división v sin la del jefe de los ejécitos, ¿no debían haber expiado ya su atroz delito en la horca? "¿Y si el general en jefe Lord Wellington dio la orden...?".
El autor de esta carta encuentra un método expeditivo para juzgar quién era el verdadero responsable: "Si Lord Wellington manda arcabucear a los generales que entraron a saco con sus divisiones, quemaron y destruyeron la ciudad de San Sebastián, tomándose el tiempo de cuatro o cinco días para hacerlo con toda comodidad, claro está que obraron por voluntad propia; pero si no vemos un castigo semejante, las indemnizaciones correspondientes una satisfacción pública a la nación, cual exige un acontecimiento tan cruel e infame, quedará probado a la faz del globo, que general en jefe dio la orden. ¿Y entonces?".
El supuesto marino firmante termina por hacer un acto de fe en que el Gobierno español tomará las providencias necesarias contra los culpables a fin de evitar los perjuicios que puedan originarse en caso contrario por la desconfianza y deseos de venganza de los españoles contra el inocente pueblo inglés.
Las sospechas sobre la posible implicación del Mariscal de hierro se hacen todavía más intensa en otra "Carta" que con la firma de Goiburu reproduce el mismo periódico el 6 de octubre. La audacia del firmante llega a pretender dar al generalísimo inglés una lección con el ejemplo de los grandes generales españoles у más concretamente con el del Duque de Alba cuando entró en Lisboa el año 1581. Naturalmente no se hizo esperar la reacción contra estas valientes manifestaciones del periódico gaditano. 
El número del 10 de octubre vuelve sobre el tema, desacreditando las "hablillas de algunos mamarrachos indignos del nombre de español" que consideraban más prudente no hablar del caso para no disgustar al gabinete británico y otros que acusaban al periódico de hacer injustas reflexiones contra las tropas británicas. Esto se refería a corrientes de opinión de los propios españoles, de los mismos, sin duda, de los que se queja el Manifiesto de la Ciudad de San Sebastián. Pero los ingleses no dejaron tampoco de reaccionar vivamente contra las duras acusaciones de El Duende. El primero en hacerlo parece que fue el comandante general de Ingenieros Mr. Smith.
 En la réplica del diario de Cádiz al Sr. Smith se reconoce que, en efecto, un asalto no deja de producir desastres, pero se duele de los desastres producidos después del asalto: "El señor Smith Ilama desgraciado a aquel pueblo, y yo le pregunto: ¿Se tenía por tal aquella ciudad el día que entraron las tropas aliadas en ella? No por cierto: se tuvo por muy dichosa al ver en su seno a sus libertadores: ya no temia los insultos, las atrocidades y los ultrages de los franceses: ya se creía segura y en disposición de respirar un aire libre, pues si tan feliz se consideró en aquel instante, ¿quién la hizo después desgraciada?": Para confírmar sus supuestos el autor del artículo inserta una carta, remitida desde Zarauz, de un testigo presencial y víctima de la innoble conducta de los soldados, cuya testificación puede verse, como los demás artículos publicados por este periódico, en el apéndice documental. 
En el número del 14 de octubre El Duende volvía sobre el tema reproduciendo un artículo publicado en el periódico coruñés El Ciu dadano por la Constitución. Se trata de una carta firmada por las iniciales I. M. C. y fechada en Hernani el 9 de setiembre, la cual termina con un soneto alusivo que el autor de la carta dice ser de un amigo suyo y el cual no está desprovisto ni de valor literario ni menos de valor histórico-sentimental.  
Irritado por esta serie.de acusaciones graves y duras, el embajador inglés denunció a la Junta de Regencia los artículos en cuestión como calumniosos a la nación británica, a sus generales y tropas. La Regencia, a través de la Secretaría de Estado, encargó a la Junta Provincial de Censura la calificación de dichos artículos el estudio de la denuncia. La sentencia resultó contraria a los deseos del embajador de Su Majestad Británica y la Junta justificó el celo patriótico que manifestaban los artículos denunciados. No obstante deja a salvo los derechos que correspondían al denunciante a demandar de calumnia al autor o autores de los escritos si es que en la narración de los hechos se hubiese incurrido en falsedad. Con ello parece que en lugar de arreglar las cosas según los deseos del embajador Wellesley y de su hermano el Duque de Hierro, las dejaba peor para los encartados. Sobra decir que El Duende, en su decidida actitud de inculpar a los aliados la destrucción de San Sebastián, no dejó de llevar a sus páginas la copia del acta de la Junta Provincial de Censura que publicó en el número del 19 de octubre. Con estas acusaciones y las correspondientes polémicas el tema de las responsabilidades de San Sebastián se hizo del dominio público. Ya no era posible negar los hechos, pero sí interpretarlos según las informaciones o presiones recibidas, o según el partido an- glófobo o anglófilo en que se militase. Tampoco faltaron, según Gómez de Arteche, españoles que, por envidia a la prosperidad del país vascongado y odio a su sistema foral en que creían se fundaba aquélla, adoptaron una actitud contraria a los intereses donostiarras (21). Fue en esas circunstancias cuando, a petición del Ayuntamiento donostiarra, se instruyó la Información que hemos mencionado y, en consecuencia, se publicó el Manifiesto. 
Cuando los ingleses y sus serviles, abrumados por la evidencia de los hechos, pretendieron buscar una explicación o una causa a los crímenes cometidos en nuestra ciudad, no se percataban acaso de que esa actitud suponía la aceptación implícita de que fueron ellos los autores de la desoladora calamidad de San Sebastián.

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(21) GÓMEZ DE ARTECHE: Ob. cit., págs. 310-11.

LOS RESPONSABLES DE LA DESTRUCCIÓN - Versión inglesa

Por lo menos a quien no está impuesto en la literatura de los partes de guerra, sorprende realmente que el general Graham se limite a dar cuenta a sus superiores de la toma de San Sebastián y no diga ni una palabra de la destrucción de la misma. Igualmente, las fuerzas inglesas que se encontraban en la frontera parece que se limitaron a tener noticia somera del éxito de sus tropas. Ai capitán Kincaid, al menos, no le llegó durante la noche más que la nueva escueta de la caída de la Ciudad y de la derrota en San Marcial de las fuerzas de Soult que pretendían auxiliar a la guarnición de ésta (17). Más sorprendente parece aún que en una carta privada de un militar inglés, que mi buen amigo D. Alvaro del Valle Lersundi ha tenido la gentileza de cederme, y que está fechada en San Sebastián por un tal William Dent el 9 de setiembre, dando noticias de la toma de la Ciudad, no se diga nada de la destrucción de la misma (18). 
Se diría de que en las filas inglesas hubo consigna, más o menos explícita, de guardar silencio sobre este asunto. En opinión de Soraluce, los británicos y los serviles a ellos trataban con saña de ahogar los gritos de angustia de los donostiarras (19). Pero por fin un periódico de Cádiz, sede de la Regencia y de las Cortes, tuvo el valor y la entereza de desafiar la presencia del embajador inglés Wellesley, hermano precisamente del generalísimo, con una serie de artículos, muy bien escritos y sentidos. En ellos se protestaba del inicuo atentado que cometieron los ingleses incendiando y saqueando la desgraciada ciudad de San Sebastián. Tales artículos irritaron altamente al Duque. El periódico, de ideas liberales exaltadas, era diario y se titulaba El Duente de los Cafés, cuvo primer número salió a la luz el 1.0 de agosto de 1813 y tuvo vida hasta el 14 de mayo de 1814. El Duende resultó audaz, y en el número 75 volvió a publicar un curioso artículo sobre el mismo asunto, copiado del número 156 del periódico El Ciudadano por la Constitución, que se publicaba en La Coruña (20).

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(17) KINCAID, SIR JOHN: Adventures in the Rifle Brigade in the Peninsula, France and the Netherlands (Edinburgh, 1892), pág. 39. 
(18) Véase el apéndice. 
(19) SORALUCE: Art. cit., pág. 374. 
(20) MANUEL GÓMEZ IMAZ: Los periódicos durante la Guerra de la Independencia (1808-1814) (Madrid, 1910), págs. 127-130. En el apéndice documental ofrecemos la transcripción de los citados artículos. Precisamente en Cádiz se había celebrado. con gran solemnidad la toma de San Sebastián. El Diario de las Cortes señala los cerrados aplausos que produjo en los parlamentarios. Hubo salva de artillería en la plaza y en la escuadra: Gazeta de Madrid, 21 de setiembre, y se' imprimió un edicto invitando al vecindario a un Te-Deum y a los festejos: Estado Mayor del Ejército, Colección documental del fraile, t. IV( Madrid, 1950), pág. 82.

LOS RESPONSABLES DE LA DESTRUCCIÓN - Versión francesa

La versión francesa de los hechos es unánime en atribuir a los aliados toda la responsabilidad de la tragedia donostiarra y "Le Moniteur Universel", periódico oficial del Gobierno, se apresuró a publicar en su número del 29 de marzo el Manifiesto del 16 de enero, como prueba de la crueldad y ferocidad de los aliados. El comandante Clerc no vacila en hablar de degüello de la Ciudad: "La ville avait été égorgée et brûlée par ses alliés" (15). A su vez, otro testigo militar exclamaba: "¿Hace falta decir que los españoles imputan a los ingleses el haber puesto fuego a la ciudad de San Sebastián, después de la rendición de la plaza, y de haberse entregado en ella a los mayores excesos? ¿Hace falta decir que, por esta acción indigna de un aliado, los ingleses han herido pro- fundamente a los habitantes de Guipúzcoa en sus intereses más queridos y aún más en su amor propio? Ya se sabe que no hay pueblo más sensible al ultraje que el pueblo español, y que conserva todavía algunos rasgos de aquel orgullo caballeresco que le supieron imprimir el Cid y el Gran Capitán" (16).

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(15) COMMANDANT CLERC: Campagne du Maréchal Soult dans les Pyrénées occidentales en 1813-1814 (París, 1894), pág. 82. 
(16) JOSEPH PELLOT: Mémoire sur la campagne de l'Armée française dite des Pyrénées, en 1813 et 1814 (Bayonne, 1818), pág. 60.

LOS RESPONSABLES DE LA DESTRUCCIÓN - Fueron los aliados

Los donostiarras que vivieron la tragedia no muestran la menor vacilación en atribuir la responsabilidad del incendio y saqueo de la Ciudad a las tropas anglo-portuguesas. Las actas de las tres Juntas de Zubieta, celebradas el 8 y 9 de setiembre, cuando todavía estaba vivo el fuego, constituyen los primeros de una serie de documentos públicos en los que con palabras que reflejan el más trágico sentimiento, cargan a los aliados toda la responsabilidad del incendio y saqueo de San Sebastián. A estos documentos siguen otros muchos, entre los que cabe destacar el recurrido Manifiesto del 16 de enero de 1814, con un Suplemento del 16 de febrero; las Representaciones elevadas por el Ayuntamiento al Duque de Ciudad Rodrigo, fechada la primera en Zubieta el 8 de setiembre y la cuarta el 2 de noviembre; Información instruida a petición del Ayuntamiento ante el Juez de Primera Instancia sobre 79 testigos acerca de la conducta observada por las tropas aliadas el día del asalto (octubre de 1813), y tres Representaciones del Ayuntamiento Constitucional a la Regencia del Reino (14).
Es difícil resumir estos documentos y testificaciones en pocas líneas. Al instante que penetraron en la plaza y antes de desocuparla los franceses, empezaron los aliados a forzar puertas y saquear las casas. Los instintos animales de la soldadesca se descargaron sobre las mujeres de toda condición y edad, y en muchos casos, una vez saciado el apetito, maltrataban a muerte a las infelices violadas. Al caer la noche aumentó el desorden y el lúgubre resplandor de las llamas iluminaba la sombra de quienes, es- pantados, huían de la ferocidad de los aliados y de sus disparos para salvar la vida. Al amanecer del día 1.° de setiembre se autorizó la salida de la población y se vio salir a personas medio desnudas y muchas heridas, de suerte que la Ciudad quedó casi vacía de sus habitantes desde el día 2. Ingleses y portugueses fueron vistos poner fuego de intento a varias casas con cartuchos y mixtos, empezando por la de Soto, en una de las cuatro esquinas de la calle Mayor. El pillaje y saqueo duró hasta el día 7, mientras hubo efectos que robar, y participaron en ello no sólo las tropas que entraron al asalto, sino también otras que vinieron sin fusiles desde los campamentos de Astigarraga y aun las tripulaciones de los transportes ingleses surtos en el puerto de Pasajes. En una palabra, la más apocalíptica tragedia se cernió sobre San Sebastián a la entrada de los aliados.
Pero en esta tragedia se daba una circunstancia muy peculiar que las víctimas hacían notar en la Representación a la Regencia del Reino del 20 de febrero: "El Ayuntamiento se ve obligado a hacer presente a V. A., que el caso de. San Sebastián y sus .circunstancias son de un carácter enteramente distinto del de las demás ciudades destruidas en la presente guerra y aun en las de los tiempos más remotos. El caso de San Sebastián es el primero, tal vez, de que hay memoria en su especie. La suerte de esta ciudad es igual en lo trágica a la de otras varias, pero incomparablemente más dolorosa, porque el origen de que procede no la permite aspirar a la gloria de la inmortalidad -Numancia y Sagunto, en los tiempos antiguos, llenaron de asombro a sus enemigos, y en la guerra actual, Molina, Manresa y otras ciudades de la Península han dado a los satélites del tirano una prueba nada equívoca de que los españoles de estos tiempos conservan las heroicas virtudes heredadas de sus mayores-. Muy lastimosa es, sin duda, la desgracia de unos pueblos tan beneméritos, pero muy envidiable la memoria de su energía en la posteridad. Pero la infeliz ciudad de San Sebastián, destruida por la inhumanidad de nuestros aliados mismos, sumergida por su insensibilidad en un caos de calamidades, insultada por ellos en su honor, precisada a luchar contra su obstinación en negar los hechos más notorios, ¿qué consuelo puede esperar para el alivio de tan graves males?".

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(14) B. ANABITARTE: Ob. cit., págs. 244-322. 

LOS RESPONSABLES DE LA DESTRUCCIÓN - El rayo de la guerra

Don Wenceslao Orbea, diputado a la sazón, en un artículo  que publicó en "El Pueblo Vasco" con motivo del Centenario, parece inclinarse a atribuir la destrucción de San Sebastián  a lo que él llama el rayo de la guerra: "Accidente de la guerra fue la quema de sesenta casas durante el sitio, a causa del fuego de las baterías, y la intensidad del bombardeo el día del asalto y los precedentes, dirigido principalmente a la cortina entre los cubos de Amezqueta y Hornos, pero sin excluir el casco de la Ciudad, la explosión de los almacenes de pólvora que tantos estragos produjo, desconcertando a los defensores, la heroica resistencia y la lucha en las calles y todo el conjunto de la sangrienta jornada, mueven a creer admisible la idea de que entre el asalto, la ocupación de la ciudad y el comienzo del incendio, no hubo lapso de cinco horas, y por el contrario, que posible es que los hechos contestes de la tragedia de que fue víctima San Sebastián estén enlazados entre sí, sin solución de continuidad" (13)

Nadie podía pretender que la liberación de San Sebastián, ocupada por las tropas invasoras, que oponían una tenaz y heroica resistencia, se convirtiese en una operación de cubo y escoba. Aunque manejado por los hombres, el rayo de la guerra se encabrita con frecuencia y escapa hasta cierta medida al control de la mano militar, que lo quiere conducir. Por eso no tiene sentido insistir demasiado de nuestra parte en los daños e incendios que produjeron las baterías, porque un experto podría contestar que fueron exigencia de la guerra, con lo que nos quedaría el consuelo de condenar la guerra; pero quedaríamos inermes, si se nos permite el vocablo bélico, para condenar sus consecuencias. Mas en nuestro caso aparece una intención deliberada de los hombres en la propagación del fuego y en estorbar su extinción.

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(13) El Pueblo Vasco, 27 octubre de 1913.

¿QUIÉN DESTRUYÓ SAN SEBASTIÁN? - JUAN BAUTISTA OLAECHEA

LOS RESPONSABLES DE LA DESTRUCCIÓN - ¿Fueron los franceses?

La versión de que fueron los franceses los responsables del incendio de San Sebastián partió de fuente inglesa y más concretamente del mismo Wellington, duque de Ciudad Rodrigo, con el indudable propósito de exculpar de tamaña responsabilidad a su propia gente. Tan pronto como se difundió por España la noticia de aquella horrible devastación, la opinión pública, así en las conversaciones como en periódicos que entonces veían la luz, culpó de ta abominables excesos a las mismas tropas anglo-portuguesas que habían entrado en la ciudad como libertadoras, y no eximía de culpa y de responsabilidad al general inglés que las mandaba. La Regencia del reino, movida por este universal clamor, al cual no podía ser indiferente, se dirigió por medio del ministro de la Guerra al mismo duque de Ciudad Rodrigo para que le informase sobre el particular. El generalísimo contestó remitiéndose a lo que, como súbdito de Gran Bretaña, informaba el embajador de su nación, con quien la Regencia debía entenderse.

Como era natural, lord Wellington trató de justificar en este informe a sir Thomas Graham y a sus oficiales de la inculpación de incendiarios que se les hacía, y del designio que se les atribuía de querer vengarse de la población donostiarra por su comercio con los franceses en perjuicio de los intereses de la Gran Bretaña. Aseguraba haber hecho lo posible por conservar la ciudad, negándose a bombardearla como le proponían. Afirmaba que el 30 de Agosto, cuando él estuvo en el sitio, ardía ya la ciudad, y que era preciso que el fuego lo hubiese puesto el enemigo: que en las calles había sido terrible el choque entre los sitiados y la guarnición , y que habían hecho explosión muchos combustibles atravesados en ellas, ocasionando la muerte de muchas personas y el incendio de varios edificios. Que se había hecho lo posible por las tropas británicas para apagar el fuego; y por último, que en el parte del general Rey al gobierno francés se decía que, cuando comenzó el asalto, ardía la ciudad en seis parajes distintos, lo que probaba que no había sido puesto el fuego por los soldados por los soldados ingleses.
Tanta importancia dio la Regencia a esta exposión del duque de Ciudad Rodrigo, y tanta necesidad veía de aplacar los ánimos irritados, que la hizo publicar por suplemento extraordinario a la Gaceta de Madrid (5). El duque de Ciudad Rodrigo se atreve incluso a inculpar a los franceses en el despacho que dirigió a la ciudad de San Sebastián con fecha de 2 de noviembre de 1813: "El curso de las operaciones de la guerra hizo necesario el que la expresada plaza fuese atacada para echar al enemigo del territorio español; fue para mi un asunto del mayor sentimiento el ver que el enemigo la destruyó por su antojo" (6). 
Un soldado tan distinguido y nuestro como el mariscal Miguel de Alava, quizás el único general español que en aquellas fechas mantenía relaciones cordiales con Wellington, escribía también desde el cuartel general de Lesaca a San Sebastián diciendo que había creído conveniente no dar curso al oficio que le remitió la Ciudad para el Duque de Ciudad Rodrigo: "Primero porque está fundada bajo un supuesto falso, pues que los ingleses no pueden haber tirado bombas respecto de no tener mortero alguno; y si han tirado alguna granada, habrá sido meramente a la muralla y no haber podido causar daño alguno a la ciudad. Así se ha practicado en Badajoz y Ciudad Rodrigo y así se practica siempre por el Lord en cuantas plazas españolas y portuguesas ha sitiado hasta aquí (nota al margen de otra letra: "menos en San Sebastián que todo, todo lo vimos") y no hay razón alguna que haya podido hacer variar a S. E. de esta conducta tratándose de una ciudad tan benemérita como esa y cuyo mérito lo sabe tan bien como yo. El fuego que ha destruido las casas que se hallan al frente de la Brecha fue puesto por los enemigos con el fin de defenderla como se acostumbra en tales casos, según lo exigen las reglas del arte en tales оcasiones; así que no puede imputarse a los ingleses este desgraciado acontecimiento" (7).
Sin embargo, la imputación contra los franceses no resiste a una crítica imparcial de las fuentes por las que conocemos estos acontecimientos; y la Ciudad donostiarra y la opinión pública de toda la nación no hizo juego a estas aseveraciones, que por otra parte envuelven errores de bulto. No es exacta la afirmación que sugiere Wellington de que la lucha fue terrible en las calles. Iniciado el ataque una hora antes de la bajamar, a las once de la mañana de aquel triste día del 31 de agosto, a las dos las tropas aliadas se hallaban en un situación muy comprometida, comenzando ya el reflujo, sin haber alcanzado ningún objetivo firme y habiendo sufrido grandes pérdidas. Entonces ocurrió el accidente fortuito de la explosión de un pequeño depósito de municiones situado a las espaldas de los defensores, a la que siguió la voladura de otros repuestos. El accidente produjo muchas bajas en los soldados de la guarnición y sobre todo sembró entre ellos la confusión, lo cual fue aprovechado por los escoceses del coronel Barnes para ganar los primeros traveses y a través del cubo Imperial escurrirse hasta la Plaza Vieja. Entonces el comandante francés de la plaza, General Rey, que tan heroica resistencia había ofrecido hasta el momento, dio la señal de retirada al Castillo aprovechando las empalizadas y defensas emplazadas en las calles solamente para proteger la retirada, puesto que no era posible prolongar la resistencia en ellas contra un enemigo tres o cuatro veces superior en número. U'na hora después, a las tres de la tarde, la fortaleza del Castillo había cerrado su puertas y unos setecientos soldados que no lograron alcanzarlas para entonces cayeron prisioneros en vista de una resistencia inútil. En contra de la afirmación del Duque, todas las fuentes están de acuerdo en que la resistencia francesa en las calles no duró más que una hora y sólo hubo un tiroteo de  cierta consideración en el atrio de Santa María. Por ahorrar las citas, mencionaremos la más cualificada de ellas en el caso, cual es el parte oficial del general inglés Graham (8). 
La afirmación del generalísimo inglés de que el día 30 ardía ya la Ciudad y que el general Rey comunicaba a su gobierno que cuando comenzó el asalto había fuego en seis parajes distintos, no puede ser confirmada por el parte de este último, pues probablemente duerme todavía en el archivo del Ministerio de Guerra francés. La noticia es verosímil y hasta podríamos considerarla cierta por razón de analogía, si no estuviese en contra la afirmación del Manifiesto del Ayuntamiento donostiarra, que dice textualmente que "desde el 23 de julio hasta el 29 se quemaron y destruyeron por las baterías de los aliados 63 casas en el barrio cercano a la Brecha; pero ese fuego se cortó y extinguió enteramente el 29 de julio por las activas disposiciones del Ayuntamiento, y no hubo después fuego alguno en el cuerpo de la Ciudad hasta la tardeada del 31 de agosto después que entraron los aliados". 
Dos cartas del general Rey al ministro de Guerra de fecha de 26 y 27 de julio hablan de esto último, y la primera se refiere al incendio con las siguentes frases que traduzco: "El enemigo ha disparado durante todo el día gran cantidad de proyectiles de espoleta retardada (boulet creux) y no ha arrojado más que algunos obuses sobre las casas incendiadas... La mitad de la Ciudad está totalmente destruida por el fuego y la mayor parte de las casas restantes se hallan dañadas; no se ha podido todavía llegar a detener el incendio; si el viento llegase a aumentar, el resto de la Ciudad estaría perdido". 
En la segunda carta del 27 de julio escribe: "Esta Ciudad merecería mejor suerte; habiendo aumentado el viento, hacemos todos nuestros esfuerzos para disminuir su efecto y detener el incendio" (9).
Por el Manifiesto sabemos que el 29 se logró extinguir el fuego; pero si éste era producido por las baterías aliadas, es poco probable que más o menos esporádicamente no volviera a producirse. Y parece que se produjo, pues la afirmación de Wellington es comprobada, fuera de toda intención, por un oficial inglés otro francés, presentes en el sitio, John Jones y el mayor Belmas, cual último escribe: "el 26 el fuego prendió de nuevo en varios lugares de la Ciudad" (10).  
Realmènte desconcierta esta contradicción entre el Manifiesto y las otras fuentes aportadas. Aplicando los principios de la metodología histórica, habría que dar más crédito al parte del general Rey y a la afirmación del mayor Belmas que a los otros testimonios, pues el hecho que constatan ni les favorece ni les perjudicа. Pero la aceptación de esta hipótesis violenta los sentimientos casi filiales hacia los 149 prohombres donostiarras que al frente de sus autoridades civiles y eclesiásticas redactaron y firmaron el Manifiesto. En todo caso no cabe ser demasiado severos hacia unos hombres terriblemente castigados por el golpe de la fortuna que, para confirmar una verdad general, no cuidan de la exactitud de un detalle particular. 
En cuanto a lą nota del mariscal Alava, la afirmación más destacada de ella es que niega la responsabilidad inglesa o aliada en el incendio de San Sebastián por el supuesto de que ellos no pudieron haber tirado bombas sobre la Ciudad respecto de no tener mortero alguno, sino en todo caso alguna granada y solamente a la muralla. Pero el supuesto del mariscal vitoriano es totalmente gratuito у falso, ya que en San Sebastián, a diferencia de otros sitios, se emplearon con toda seguridad morteros. He consultado con un experto sobre el sentido de la frase del general Rey en la que refiriéndose al enemigo dice: "il a tiré dans la journée une grande quantité de boulets creux; il n'a jeté que quelques obus sur les maisons incendiées", y me ha manifestado la opinión de que la palabra obús viene a significar proyectil de mortero. Pero no es en esta opinión donde se apoya la certeza del aserto, sino en numerosos testimonios fidedignos. De las 212 piezas de artillería que emplearon los aliados en el asedio, 16 eran morteros de 10 pulgadas, y otro, éste español, de 12 pulgadas. Estos morteros con otras piezas fueron desembarcados en Pasajes, donde llegaron 22 barcos con hombres y material de guerra para el asalto, v casualmente en el desembarco cayó al agua otro mortero más que no se pudo recuperar (11). 
En unas curiosas cartas del prócer donostiarra José Ignacio de Sagasti a un amigo, y que Soraluce publicó en el Boletín de la Real Academia de la Historia en 1897, se refieren interesantes y curiosos datos sobre los sucesos que comentamos. En la carta del 23 de agosto, fechada en Usúrbil, afirma que en el casco, sin contar los barrios de San Martín y San Bartolomé, hay 80 y tantas casas por tierra. "Una casa inmediata a la mía ha sido quemada por una bomba" (12). Con este testimonio se puede más que poner en duda las intenciones angelicales que Alava atribuye a los ingleses, que no arrojaban bombas más que a las murallas.

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(5) MODESTO LAFUENTE: Historia General de España, t. XXV (Madrid, 1861), págs. 503-504. Véase este "Artículo de Oficio", publicado en la Gazeta del 4 de noviembre, en el apéndice documental. (6) La mayor parte de estos documentos fueron recopilados por el archivero D. BALDOMERO ANABITARTE y publicados con el siguiente título: Colección de Documentos históricos del Archivo Municipal de la M. N. y M. L. Ciudad de San Sebastián, publicado (sic) a expensas del Excmo. Ayuntamiento de la misma por acuerdo de 22 de enero de 1895. Años 1200-1813 (San Sebastián, 1895). El citado documento en la pág. 290.
(7) MIGUEL ARTOLA: Historia de la reconstrucción de San Sebastián. Ediciones del Excmo. Ayuntamiento de la Ciudad de San Sebastián (San Sebastián, 1963), pág. 76.
(8) OLAVIDE-ALVARELLOS-VIGÓN: Ob. cit., pág. 356. 
(9) Véanse las dos cartas en el apéndice. y (10) "Le 26, le feu prit de nouveau á la ville en plusieurs endroits": MAJOR BELMAS: Journaux des siéges faits et soutenus par les Français dans la Peninsule (París, 1836), pág. 634, citado por A. BRIALMONT: Histoire du Duc de Wellington, t. III (Bruselas, 1859), pág. 149.
(11) OLAVIDE-ALBARELLOS-VIGÓN: Ob. cit., pág. 340.
(12) PEDRO M. DE SORALUCE: Cartas inéditas referentes al sitio, bombardeo y destrucción de San Sebastián, en "Boletín de la Real Academia de la Historia", 31 (1897), pág. 361. 

LOS RESPONSABLES DE LA DESTRUCCIÓN - Clamor por la justicia

La catástrofe de aquella "noche triste" de la historia donostiarra y días sucesivos fue de tal envergadura que hizo exclamar en sus Memorias a un teniente coronel inglés, testigo presencial de los hechos, que nunca en los anales de la guerra hubo un caso de más completa aniquilación que el de San Sebastián (1). Un hecho semejante tuvo que suscitar necesariamente el deseo de exigir responsabilidades a los culpables. Esto es natural que ocurra en cualquier espíritu ecuánime y celoso por la justicia, pero se explica que el clamor por la justicia adquiriese caracteres pasionales en las víctimas que padecieron en su propia carne desnuda los horrores del desastre y, lo que todavía es peor, vieron sufrir, padecer afrentas y morir a los seres queridos.

Pero, ¿quiénes fueron los culpables? Dicho en otras palabras ¿existía la posibilidad de pedir cuentas a las personas responsables?

La cuestión fue debatida desde los primeros momentos en que ocurrió el desastre, tanto en el cruce de documentos como en libros, en folletos y libelos como en los periódicos, y posteriormente ha saltado también en algunas ocasiones a las columnas de la prensa diaria.

Las opiniones al respecto admiten todas las hipótesis posibles:

I. Fueron los franceses
II. Fueron los ingleses.
III. Fue el rayo de la guerra.

No cabe la posibilidad de otra hipótesis, pues, como ya es conocido, las tropas españolas no tomaron parte ni en el asedio ni en el asalto de la Ciudad. Es verdad que el ejército español del general Mendizábal, en el que se integraban tres batallones guipuzcoanos, al perseguir a Foy después del combate de Tolosa, atacó el primero el 29 de junio la posición de San Bartolomé, donde fue rechazado por los franceses. En los días siguientes ocuparon Pasajes, haciendo prisionera a su guarnición de 130 hombres, y Guetaria, que evacuaron los franceses volando el polvorín. Pero Mendizábal, sin recursos suficientes de artillería para un asalto, se conformó con romper el acueducto que abastecía a la guarnición de un elemento tan esencial como el agua, y fue a reunirse con las demás tropas españolas en la frontera, dejando libre el campo del sitio  al ejército anglo-portugués, que lo ocupó el 10 de julio con las fuerzas que mandaba el general Graham (2). Si las cosas no hubieran ocurrido así y el asalto hubiera sido realizado por los españoles, seguramente el destino de San Sebastián habría corrido otra suerte, entre otras razones porque Mendizábal era partidario de atacar directamente el Castillo a través de sus laderas posteriores, con lo que las fuerzas francesas que guardaban las murallas hubiesen quedado desguarnecidas.
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(3) LEITH HAY: A narrative of the Peninsular War, citado por OLAVIDE-ALVARELLOS-VIGÓN: San Sebastián, Historia de sus fortificaciones. Siglos XVI y XVIII. EI sitio de 1813. Ediciones del Excmo. Ayuntamiento de la Ciudad San Sebastián (San Sebastián, 1963).
(4) JosÉ GÓMEZ ARTECHE: Guerra de la Independencia. Historia militar España de 1808 a 1814, t. XIII (Madrid, 1902), págs. 257-8. de 

¿QUIÉN DESTRUYÓ SAN SEBASTIÁN? - JUAN BAUTISTA OLAECHEA